Presentación

¡ Oh, vaya! ¡Qué sorpresa! Pase. Adelante. No tenga miedo. 

La verdad es que este cuartito no es mío. Lo encontré y me gustó. Cuatro paredes y un techo. Era lo que andaba buscando, sin saberlo. Es acogedor. Y la ubicación, en la última planta, al fondo del pasillo, es ideal para mí. Como estaba vacío lo ocupé. Creo que los vecinos de los bloques de este lado son mayoría ocupas como yo. No los conozco. La mayoría se esconde. A veces oigo gritos, golpes, risas o algún llanto. Yo subo las escaleras y atravieso el pasillo de puntillas, para que no me oigan. Si algún día llegan señores de uniforme para echarnos, yo me iré sin oponer resistencia. Me escabulliré. Soy escurridiza.

La mayoría de habitantes de esta ciudad se rigen por unas normas, pero a mí no me gustan las normas, así que aquí puede entrar sin presentarse y decir lo que le dé la gana. ¿Quiere sentarse? Vive muchísima gente alrededor. La verdad es que no tengo relación con ninguno de ellos. Para serle sincera, yo ya conocía este cuarto. Venía aquí, con mis prismáticos, a observar a los de ahí delante, los que están al otro lado. Esos edificios parecen igual que estos, ¿verdad? Pues no lo son. La gente que vive en ellos no son como los que estamos a este lado. Esa gente no grita, ni llora, ni da golpes. Se comportan como es debido y eso llama mi atención. 

En ese piso de ahí, por ejemplo, vive un señor sin escrúpulos que siempre anda quejándose de la falta de escrúpulos de los demás. No es mala persona, no crea. Pero a menudo, cuando habla, arma jaleo. Los otros no se lo tienen en cuenta porque dice las cosas de una manera que a los otros les parece que, en el fondo, está más cuerdo que ninguno, pese a cómo se pone y que no dice más que majaderías. Se puede usar una lógica impecable y ser un majadero. Éste está muy seguro de sí mismo, se siente muy orgulloso de ser quién es. Es un bravucón carismático. Y por eso le admiran. A mí me recuerda a mi padre. A las personas así les hace falta una buena sorpresa.

Y allí vive una señora que recibe muchas visitas. Su piso debe ser muy grande. Parece ser que, por dentro, cada piso es distinto, el espacio no está repartido equitativamente. Los hay que disponen de varias plantas. Esa señora es una gran afitriona, la gente se siente muy a gusto en su casa, lo sé porque va mucha gente. Debería pasarse por allí, si lo que busca es esa clase de ambiente y compañía. A las personas así les hace falta un buen disgusto. 

¿Y sabe qué? Esos dos son amigos. Pese a ser tan diferentes. Pero ninguno de los dos sería amigo mío. Porque esa gente cree que la entropía no puede atravesar sus puertas. 

Aquí sólo estoy yo, y no hay más habitaciones que esta. Desde que me instalé aquí, he dejado de espiar a los de enfrente. Ya no me interesan, pues tengo con lo que distraerme sola. Los tengo muy vistos. Son predecibles. Y no les caigo bien. No les gusta que les observe con mis prismáticos. Y de los de mi bloque prefiero no saber, aunque sienta curiosidad y empatía cuando los oigo. Es que conmigo misma ya no doy abasto.

Ah, eso, sí. Entiendo por qué le ha llamado la atención. Esos objetos en el alféizar pertenecen a un pájaro que tenía viviendo aquí conmigo. Se fue volando hace poco. Cuando me lo encontré, tenía las alas cortadas, pero ya le habían crecido y revoloteaba por aquí, gritando de un modo terrible. Me hacía daño en los oídos, pero no se lo tenía en cuenta porque era muy curioso e inteligente, y tenía mucho carácter.

 Tenía una personalidad arrolladora, aunque usted pueda pensar que eso es imposible. Debió sentir la llamada de la naturaleza. Ya sabe, la primavera. Esos son algunos de sus juguetes preferidos. Los he puesto ahí por si pasara volando cerca, para que sepa cuál es la ventana, por si quisiera entrar a resfrescarse o comer un poco de fruta. Le encantaba el melón. 

La verdad es que fue prodigioso verlo alejarse volando, sin miedo. Era papillero, y no hizo ninguna tentativa previa, se fue directamente, remontando el aire, hacia arriba y a lo lejos, sin mirar atrás. Yo, en su lugar, no hubiera sido capaz de semejante osadía. Soy una cobarde. 

La ventana siempre está abierta, no sólo por si vuelve el lorito. También para que esto se ventile. Tengo el mal hábito de fumar. Me gusta, me ayuda a concentrarme. Siempre tengo la cabeza en las nubes. Y también me gusta escuchar los sonidos del exterior. Cuando llueve no la cierro, aunque se moje el catre. Y se cuelan insectos, trepando y volando. También salen de algunos agujeros que hay por aquí.

Le dije que no me gustan las normas, pero lo cierto es que sí tengo una. No se le ocurra pisar ni aplastar a ninguno de los animales con los que pueda encontrarse aquí. Eso me disgustaría, y no me gusta ser desagradable. Ellos pueden entrar aquí, como usted, y también pueden quedarse. 

Usted no quiere quedarse, lo sé, no se apure, no iba por ahí. Tampoco yo quiero que se quede. La verdad es que disfruto mucho de mi intimidad, por eso me vengo aquí. Cuando se vaya ni me daré cuenta, de lo distraída que estoy hablando sola en voz alta. 

Yo no vivo aquí, tengo mi propia casa, y una vida bastante parecida a la de todo el mundo. Tengo pareja, familia, algunos amigos, muchos conocidos y un trabajo. Pero últimamente la cualidad de las cosas ha cambiado. A decir verdad... todas las cualidades, de todas las cosas, lo han hecho. Suena raro, ¿verdad? Algo extraño está pasando, aquí, en mi cabeza. Tuve que dejar de trabajar. Me puse a escribir. 

Estaba alucinada, como ahora. E hice cosas que ni yo misma me las creo. Pero son ciertas, no me lo imaginé. Aunque eran, precisamente, imaginaciones, que materialicé. Ya se puede imaginar que eso no podía durar. Así que lo dejé estar. Y después no sabía que hacer. Me dí cuenta de que debía aislarme, para ser libre. Me acordé de este lugar, y me vine aquí. Aquí puedo hacer y decir lo que me venga en gana. No quiero desperdiciar este poder que ahora tengo. 

Aún lo tengo. Cada vez es más sutil y complejo. Noto la energía recorriendo mi cuerpo. Se concentra especialmente en las puntas de los dedos de mis manos, es como electricidad estática. También lo siento en el aspecto de las cosas, de las personas, de todo. Veo distinto. Algo transparente lo recubre todo, haciéndolo brillar. El mundo es como una hermosa, misteriosa, intrincada y a la vez sencillísima pompa de jabón, llena de pequeñas pompas. Todo y cada cosa es un efimero, frágil y precioso tesoro, volador. 

En realidad ya tuve esta sensación antes, muchas veces, desde que era niña. Pero pasaba volando, no lo podía retener. La propia visión era una pompa de jabón. Ahora, simplemente, se ha instaurado, envolviéndolo todo. No se imagina lo hermoso que es. Dicen que pasará, que no puede durar mucho, y yo también pienso que no puede ser, que esto no puede continuar por mucho tiempo. ¿Usted qué cree? Tengo que volver a la normalidad, retomar el trabajo. Aunque... 

Mire, voy a revelarle un secreto: Yo ya tenía varias patologías mentales diagnosticadas, antes de esto. Debuté siendo una niña. En realidad ya no era normal cuando nací. En la adolescencia la cosa se complicó endiabladamente. Luego los médicos fueron añadieron otros trastornos a la lista, según yo iba desarrollándome e involucionando al mismo tiempo. 

Yo no era de dar la cara, precisamente. Porque no la tenía, y si la tenía, no me gustaba. Así que me ocultaba detrás de varios personajes. El demonio, el fantasma, la bruja, el vampiro y el cocodrilo. Todos monstruos, ¿se da cuenta? Cada uno de ellos representa una faceta de ese intento mío de ser alguien a la vez que no serlo. Escindir la personalidad es la mejor forma de que la identidad no cuaje. Así una no es responsable de lo que hace. 

Yo siempre he fallado en eso de ser responsable. Creo que nunca quise serlo. Ya le dije que soy una cobarde. Y ahora, de repente, tengo esto. TODO esto. Imagino unas cosas, no sé hace una idea. Tengo la imaginación de un niño. Y como un niño, ninguna responsabilidad, por más que le digan. Entre estas cuatro paredes suceden maravillas. Sólo yo puedo verlas. Cuando uno es un niño, los adultos son un verdadero coñazo.

Pero no se piense que vivir así es fácil. Para nada. Uno es como una cueva llena de ecos. Reververaciones del subconsciente y de la existencia de las otras personas. Yo soy una caja de resonancia. Y por mí pasaba el mundo entero, sin permiso, sin delicadeza, sin darse cuenta siquiera de que existo. No sé imagina lo que es eso. 

Pensaba que para tener una de esas voces había que pagar el precio de la responsabilidad. Pero míreme. Ahora no sólo tengo una voz, si no muchas, y no me cuesta nada. 

He hablado y escrito sobre ello ya muchas veces, pero es que no doy crédito. No salgo de mi asombro. Yo me sentía muy enferma, antes. Era muy pobre. Todo eran debilidades y carencias, hasta mis escasos y repentinos momentos de audacia partían de mi impotencia, tratando, inutilmente, de compensar tanto fracaso. 

Sí, el fracaso... Mi fracaso era descomunal. No hacía más que crecer, mientras yo menguaba. Pero ahora todo es distinto. Ahora tengo un pensamiento más ágil que la mayoría de esos de ahí enfrente.

Oigo mi pensamiento, todo el tiempo, como si fuera una voz junto a mi oído. Pero procede del interior de mi cabeza, no hay duda. Lo oigo tan claramente y lo escucho con tanta atención, que me cuesta seguirle el hilo a todo lo demás. La voz, que es mía, no hay duda, habla sin cesar y sin titubeos. 

Durante semanas tomé tantas notas como pude, y escribí sin parar, tratando de retener partes de su discurso. Tenga presente que yo antes no pensaba, así que esto es un acontecimiento. En mi cabeza no había nada. No se imagina cuán patetente resulta ese silencio, ese vacío, esa sequía. Cuán absurdo.

Así que, como comprenderá, me paso el día entero absorta, escuchando mi pensamiento e imaginando cosas. Los médicos han añadido otro diagnóstico al final de la lista. 

Y no es que yo lo niegue. Qué sabré yo. Escucho sus explicaciones, me tomo la medicación. Atiendo mis tareas, que ahora me resultan placenteras, y a mis seres queridos, que ahora me son más queridos que nunca. Pero mi alma recién estrenada no me abandona. 

Y yo no quiero que lo haga. Reconozco que puede llegar a ser un poco abrumadora en algunos momentos, pero... Me siento tan viva. Y el mundo, el mundo también ha revivido. Con los ojos muertos el mundo entero está muerto, ¿comprende?

Discule el desorden, todavía estoy decidiendo dónde dejar cada cosa. No paro de cambiarlas de sitio. Antes me obsesionaba el orden y la limpieza. Ahora me interesa la decoración. Y me gusta cambiarla a diario.

Antes veía polvo, roña, moho, óxido, desperfectos, por todas partes, a mi alrededor, y mi mente echaba plumas y un mango, o se transformaba en estropajo de metal y quitagrasas, o en un cubil con papel de aluminio, agua caliente y bicarbonato. Y luego tenía que desinfectarme, una y otra vez, una y otra vez. No sé hace una idea...

Permítame que le dé un consejo, es una lección que aprendí hace poco. No hay que ponerse a limpiar la casa ni la lengua ni el camino de los demás, ni decirles que lo hagan. Es intrusivo, descortés y totalmente inútil. Que cada cual limpie cómo y cuanto quiera, si quiere, ¿no le parece? 

Estamos obsesionados con el orden y la limpieza. Con el control. Y está bien, hasta cierto punto. No se hace una idea de lo crítica y mandona que me ponía yo a veces. Me enfadaba con los que cruzaban mi cueva.  Y ahora pienso, ¿qué tienen de malo el polvo, el moho, el óxido, la suciedad, los desperfectos? ¿Acaso no son lo más natural del mundo? Me gusta que todo crezca y se pudra salvajemente.

Me gusta mucho pensar en mis defectos, y aún más contárselos a otro, no sé por qué. Se acostumbra a evitar fijarse en los defectos propios, se trata de ocultarlos a los demás. Se prefiere pensar y hablar de los defectos de los otros, y del mundo. Pero yo cada vez encuentro menos defectos en el mundo y en los otros, y las virtudes no me interesan demasiado, más allá de la inspiración y la diversión derivadas de algunas de ellas. 

Reconozco lo bien pensadas que están las cosas, la importancia que tiene que haya gente lista y preparada. Todo lo que hacen es necesario y admirable, sin duda, pero yo no puedo identificarme con ninguna de estas pruebas del ingenio humano. En ese sentido, soy un completo desastre, una auténtica inútil. Hasta el punto de no merecer el sitio que ocupo, el aire que respiro, todo lo que como, y demás. Desde luego mi existencia no justifica el consumo energético y los residuos que genero. 

Yo no aporto nada importante al mundo ni a la humanidad, ni pretendo hacerlo. A veces deseo cambiar, pero en el fondo no quiero hacerlo, y por eso nunca lo hago. De cambiar, sería para aportar todavía menos, en todo caso.

La etiqueta de "ser humano" es un galón que me dieron al nacer, y el mérito de haber nacido es de mis padres, bueno, de mi madre, en este caso. Ni me lo he ganado ni lo llevo nunca puesto. Sólo soy un animal que observa, escucha, ríe, llora y fantasea. Me paso el día entero, día tras día, pensando y fantaseando, desde hace unos meses. En realidad mi pensamiento no es sino una fantasía más, como el de todo el mundo. Uno no puede pintar sin lienzo ni acuarelas, y yo acabo de recibir mi lote. Al fin. 

Son tonterías las cosas que pienso. Me gusta darle vueltas a tonterías así. La verdad es que soy tonta. Hasta podría decirse que soy idiota. Hasta cuando trato de hablar en serio o cuando zozobro en el desamparo, en vez de solemne resulto ridícula. No crea que es algo que asimile hace mucho. Claro que conocía esta idea y la sensación que la acompaña, la he experimentado muchas veces y la he buscado y encontrado en libros estupendos, terribles. Pero antes pensaba que algo se podría hacer, llegado el caso de tener que actuar, para enmendarlo. Nunca he querido aprenderme las lecciones, ¿sabe? No he querido creérmelas. 

Soy una paranoica, pienso que todo el mundo miente, sin saberlo, porque han sido engañados. Que todo es mentira. Ahora creo en lo que mi voz me dice. Sobre toda mi vida, sobre el mundo. Así que tengo una montaña de lecciones y deberes pendientes. Al principio me abalancé sobre ellos, ávida por descubrir, por aprender. Pero me he dado cuenta de que no puedo abarcarlo, que sólo puedo tomar pequeños bocaditos de este melocotonazo titánico. 

Así que no descuido mi formación, pero tampoco me obceco. Aunque no deje de escuchar mi voz, ya hay días que no le hago caso. 

Disculpe, siempre me voy por las ramas. Me pongo a hablar y me olvido de la persona que tengo delante. Bueno, eso es lo que parece. En realidad hablo tanto porque no puedo olvidarme de su presencia aquí. Hablo sin cesar para no dejarle meter baza. Me da miedo lo que pueda decir y lo que pueda pasar si habla. Estoy acostumbrada a estar sola. Por favor, pídame que me calle, y lo haré. Seguiré hablando para mis adentros. Puede decir lo que quiera pero, por favor, no diga nada. 

Por aquí encontrará muchas cosas con las que entretenerse. Tengo reproductores de música de todo tipo, ahí tiene un tocadiscos, un discman, un walkman con auriculares, en esa caja están los vinilos, en esa las cintas de casetes, ahí los cd's... Está escrito con rotulador en las cajas, pone que hay en cada una, ¿lo ve?  Ahí la biblioteca. Ahí la tele. Eso son videoconsolas, tengo muchas, y los videojuegos están en esa caja de ahí. Hay música, literatura y entretenimiento para todos los gustos. Me gustan cosas de toda clase, y toda clase de cosas. Hago mucho esto que acabo de hacer, juegos de palabras. 

Le decía que de primeras no le hago ascos a nada, hay joyas y fragmentos de joyas por todas partes, no sólo en las joyerías. Sólo hay que tener buen ojo para reconocerlas, y yo lo tengo. Veo hasta los diamantes microscópicos mezclados con la basura. Y no me importa ensuciarme las manos. De hecho, me gusta. No, espere, no ponga esa cara, hablaba en sentido figurado. Siempre hablo con metáforas. 

Tengo de todo, como puede ver. Seguro que encuentra algo de su agrado. Rebusque, no sea tímido. En realidad estas cosas tampoco son mías. Algunas se las compré a individuos que las vendían por un precio simbólico. Nómadas que venden ilegalmente libros rescatados de la basura y que fabrican figuras y bisutería con alambre. Muchas otras las rescaté yo misma de ir a dar al vertedero. Otras las adquirí en mercadillos de segunda mano. Y alguna la robé en unos grandes almacenes, tengo que reconocerlo. No ponga esa cara otra vez, no me meto dentro de los contenedores ni robo a menudo, y mucho menos a la gente honrada. 

Ah, eso, sí. Son puzzles, ¿le gustan los puzzles? A mí sí. Me ayudan a concentrarme. Aunque yo, cuando me concentro, me pongo a fantasear como una loca. ¿Le he dicho ya que soy muy despistada? 

Procuro mantenerme ocupada. Si no, me pierdo en mi fantasía o me da por ponerme a pensar cosas terribles. Pero no crea, soy una persona cabal y alegre. Me encanta la vida. Bueno, eso es bastante nuevo, lo reconozco. Por eso hago lo posible por no desperdiciar el tiempo con esa clase de ideas a las que antes me entregaba. Son ideas que no se pueden tener al mismo tiempo que se hace algo. Ideas que me obligaban a meterme bajo las sábanas, aterrorizada y arrepentida. ¿A usted también le pasa? Aunque aún a día de hoy, no las evito del todo. Es saludable pensar cosas espantosas que hacen temblar y gemir de puro pánico unos minutos al día, ¿no le parece?

Discúlpeme, no sé en qué pienso. ¿Quiere un café, un té o una cerveza? Eso es una mini nevera. Sólo tengo café con cafeína, té con teína y cerveza sin alcohol. No puedo tomar alcohol, por la medicación. Aparte del antipsicótico y el antidepresivo recetado, tengo un bote con tranquilizantes que me procuro por mi cuenta y echo mano de él como si fuera el tarro de los caramelos. Tampoco me paso, no crea. El alcohol no me ha atraído nunca. He conocido a personas que... Dejémoslo estar, mejor no pensar en eso. 

Como ve me traje un pequeño hornillo. Últimamente me ha dado por cocinar cosas sencillas. Antes no cocinaba nada, nunca. Trastear en la cocina es agradable. Sobre todo con música de fondo. Últimamente me ha dado por bailar, también. Es estupendo. ¿Por qué no lo habría hecho antes? Estaba demasiado tensa y cohibida. Soy extremadamente tímida, aunque pueda parecerle extrovertida. Es posible que sea la persona más tímida del mundo entero. En cualquier caso, ahora cocino, canto y bailo al mismo tiempo. No se me da bien ninguna de las tres cosas, pero lo disfruto mucho. 

Puede fumar, por supuesto, si lo desea. En esa cajita hay tabaco. Yo seguiré fumando, aunque le moleste el humo, tendrá que disculparme. ¿O prefiere irse ya? 

No se preocupe, me hago cargo. Soy consciente del pudor que despierto en los demás. Yo misma no puedo evitar sentirlo, al observarme desde fuera, aunque ahora no le echo cuenta. 

La cuestión es que me ven tan simpática que se ponen a hablar conmigo. O me responden amablemente, si soy yo la que inicia la conversación. Pero es un problema. Porque soy demasiado expansiva, demasiado asequible, demasiado complaciente. No puedo evitar entusiarme cuando interactúo con otra persona. Y si me dejan seguirles la corriente, yo les sigo y les sigo. No sé ver los límites. Me pongo muy pesada. Por eso me he instalado aquí. Para no andar vagando por ahí fuera, molestando a la gente. Que luego siento mucha vergüenza. Aquí estoy mucho mejor. 

La puerta siempre está abierta, es como una norma. Vaya, ya tenemos dos, supongo que es inevitable tener algunas. Esa puerta no se puede cerrar. En primer lugar, para que yo no me vea encerrada, y me dé por ponerme a fantasear o pensar de esa manera que le comentaba antes. En segundo lugar, para que si alguien viene a parar aquí, a pesar de que sea muy poco probable, pueda asomarse para curiosear, y entrar, si cree que le puedo ayudar en algo. La tercera razón es que no parezca que estamos solos, fuera de la vista y los oídos del resto. Así yo no me puedo poner demasiado pesada. Y por último, para que el invitado pueda irse fácilmente en el momento que lo desee.  

A decir verdad no soy simpática todo el tiempo. Me puedo poner terriblemente taciturna, de repente. Y entonces no quiero ver ni mirar a nadie, y mucho menos que me vean y me escuchen. Y tampoco quiero escuchar a nadie, y mucho menos hablar. Cuando estoy así, me quedo en casa o en este cuarto, y si me da el arrebato estando en la calle me apresuro a regresar a uno de mis refugios para encerrarme. 

Como ve, escribo. Ya se lo había dicho. Empecé hace poco y rápidamente rellené un cuaderno entero. Pero arranqué y quemé muchas páginas del centro porque... Porque hay cosas que no deben quedar escritas, hay cosas que deben vivir en el aire. Así que ahora sigo por donde lo dejé antes de meterme en aquel lío tan extraordinario. 

En parte es un diario. Pero también tiro de inventiva. Escribo para mí misma. Cuando era niña me gustaba mucho escribir. Los adultos me animaban a hacerlo. Pero luego perdí toda la confianza en mí misma y con ella la imaginación. Y con la imaginación, la inspiración. Siempre recordaré el año 2026, mi cuadragésimo primer año de vida, como aquel en el que volví a escribir. A veces escribo estando alegre y a veces cuando me pongo triste. Aunque siempre es una mezcla de muchas emociones lo que experimento.

 Cuando escribo me induzco a ser vehemente, así que, aunque sólo esté un pelín melancólica, o moderadamente satisfecha, acabo verdaderamente aflijida o alborozada. A veces hasta me jacto, toda ufana. Por seguir viva, supongo. "Vivita y coleando". 

Coleando... Eso me recuerda a los ñus. Ya sabe, esos antílopes de la sabana africana, que viven en grandes grupos. El ñu es una criatura que no puede disfrutar de un segundo de tranquilidad, ni permanecer por mucho tiempo en un mismo sitio. Debe avanzar continuamente, en busca de comida y agua, mientras los carnívoros acometen contra al grupo. Es peligroso separse de la manada, destacar. La sequía hace que el alimento escasee y dentro y alrededor de las escasas masas de agua siempre están al acecho los hambrientos depredadores. 

El ñu nace en medio del peligro por lo que ya viene al mundo preparado para echar a correr casi de inmediato. Pero lo peor de todo son las moscas. Sus incesantes picaduras ocasionan al ñu un dolor y estrés extremos. No han nacido inmunes a ello. También pueden transmitirle enfermedades debilitantes. Y son parasitarias. Así que, aunque no esté corriendo, el ñu no puede quedarse quieto sin sacudir la cabeza, agitar las orejas y el rabo y estornudar constantemente. Y todo esto bajo un sol abrasador. 

Iba a decir que me identifico con estos animales, pero no, en realidad no puedo ser más distinta a un ñu. No me negará que es impactante lo que soportan y enfrentan estos animales. Son criatura magníficas. ¡Qué instinto tan soberbio! Yo casi no soy capaz de salir ahí fuera, a la calle, a pesar de que hay muy pocos peligros reales. El grupo me protege y los depredadores procuran controlarse, por su propio bien. La tragedia se ceba con los más débiles, y los hay que son mucho más débiles que yo. Aunque me doy cuenta que estoy cada vez más apartada del grupo, más expuesta.  

Llevo casi toda mi vida diciéndome: "Estás llena de huevos y larvas de parásitos". Los sentía en mi interior, reptando, royendo. Me hacían daño y creía que iba a volverme loca pues no tenía forma de librarme de ellos. Pero últimamente ya no estoy segura de que existan. O mejor dicho, que sean lo que yo creía. 

He comprobado que si me lo propongo y me concentro... en vez de hacerme daño me acarician, y en vez de alimentarse de mi, me nutren. Como si fueran hormigas y yo su querida y valiosa larva. Y también puedo ser un pulgón, y tentar a mis cuidadoras con una gotita de melaza tras otra, y entonces noto sus antenas, sus patas y sus mandíbulas, acariciándome, limpiándome. Me protegen y me trasladan a las partes más blandas y jugosas de la vegetación, donde me es más fácil alimentarme. 

Así que es todo muy sugestivo. Es como tener un piano en la cabeza. Solemos tocar con el mismo estilo, el que conocemos. Yo antes siempre tocaba la misma maldita pieza funesta. Llevo unos meses componiendo una canción, mi canción. Suena diferente, aunque conserva parte de la melodía anterior. Voy probando, pulsando todas las teclas, cambiando de ritmo, de cadencia, de musicalidad. Me inspiro en lo que me pasa por dentro y en lo que pasa a mi alrededor. Soy como un mirlo. Y no me preocupa que mi canción no sea armónica. Ya habrá tiempo para preocuparse por eso. Y si no, que se quede tal cual, en bruto. Eso es lo de menos.

Debe parecerle extraño que le hable de trastornos, recuerdos traumáticos, sentimientos desbordantes y  extravagantes ideas, con tanta serenidad. Pensará que le miento o me miento a mí misma. Pero mi serenidad no es mera apariencia, si no una verdadera atmósfera. 

Como todo el mundo, doy cobijo a infinidad de emociones, pensamientos y otras criaturas espirituales, de toda clase de especies y pelajes, grandes y pequeñas. Se dedican a cazar, a huir, a dormir, a jugar, a fornicar, a morir. Tienen instinto de supervivencia, cualidades innatas, habilidades que van perfeccionando, unos con más fortuna que otros. Cada uno de ellos trata de adaptarse, lucha por sobrevivir y desea reproducirse. Últimamente mi mundo parece mucho más grande. El clima ha cambiado y con él, todos los ecosistemas y sus hábitats. Sigue habiendo zonas heladas y áreas calcinadas, donde apenas prospera la vida, aunque la hay, y es formidable la resistencia de los seres que habitan en esos parajes. Pero en las regiones intermedias han surgido, de no sé donde, multitud de seres que yo no sabía que hubiera en mi planeta, y se han instalado. 

Había visto criaturas parecidas en otros mundos. Puedo salir al espacio y quedarme orbitando mi orbe u otros mundos habitados, como todo el mundo. 

Cada uno de nosotros alberga paisajes y formas de vida distintas y parecidas. Hay algunos planetas muy extraños. Tienden a alejarse o a acercarse demasiado, saltándose las leyes de la física. Tengo una teoría descabellada sobre el ser humano. Por supuesto no tiene ni pies de cabeza. Se me ocurrió hace poco. 

Verá, se me ocurrió que en realidad todos los seres humanos son una sola criatura, que habla muchas lenguas, no tiene un color de piel uniforme, y posee el espíritu más complejo y contradictorio que ha visto el sol, las estrellas y la oscuridad. Su espíritu está formado por todas las personas que han existido y existen. Eso que llaman historia de la humanidad, es, en realidad, la vida de este ser solo y único. Lleva vivo 315.000 años, pero sus genes se remontan 8 millones de años atrás, según leí. Así de viejo es, aunque no sabemos si es viejo. Eso nunca se sabe, con este ser. Experimenta etapas de acusada decadencia y luego se reanima, como si hubiera rejuvenecido. Todo lo que ha hecho, lo ha hecho por un motivo. Hasta las cosas más terribles y absurdas. Tenía que hacerlo, porque podía. Tiene que probarlo todo, ¿sabe? Él es así. 

A diferencia del resto de animales, su instinto le lleva a cambiar, a arriesgarse. Experimentar es más importante que sobrevivir, para él. Siempre anda buscando qué hacer y preguntándose quién es. Su ADN va mutando. 

Nosotros somos los elementos químicos y las moléculas que forman sus células y tejidos, sus órganos, sus sistemas y aparatos. Y libramos una guerra interminable en su interior, creyendo trabajar por separado, por objetivos distintos, y  que uno siempre hace más que los otros.  Creyendo ser más de lo que en realidad somos. El alma y el destino del ser humano no nos pertenece a ninguno de nosotros. Le pertenecen a él. Pero ya está bien que no lo sepan. Si no sería muy aburrido.

En fin, si me disculpa, ahora debo marcharme. Quédese un rato, si lo desea. Vuelva cuando quiera. La próxima vez puede que no me altere tanto su compañía y no me ponga tan pesada. A decir verdad, lo que más me gusta compartir con los demás es el silencio. Es agradable cuando dos personas están cerca la una de la otra sin tratar de compartir nada más que la vida misma, que está fuera de las palabras.

 Ahora me gusta el silencio, porque no es vacío, sino todo lo contrario. Me gusta mucho porque es difícil llegar hasta él y quedarse ahí. Después de pensar mucho, llega. Y esa es la mejor parte de todo esto. Cuando llega el silencio. En esos momentos, ¡cómo siento el aire que respiro! Cómo descanso. Cómo vivo de veras. 

Le dejo con el silencio. No piense, disfrútelo. No tenga prisa por volver a sumergirse en el ruido. Habite el silencio, sin miedo. Es puro placer. 

Que tenga un buen día.