¿Recuerdas lo que te dije al poco de que llegaras a mi vida?

Fue el día que descubrí ese lugar, tan cerca de casa, que nunca había visto. Ese día me había descargado, sin saber por qué, música que hacía veinte años que no escuchaba. Llevaba tres semanas sintiéndome rara. Fue el día que los tocones de chopo se llenaron de setas. 

Me despedí de Guido frente al supermercado. Se suponía que entraría para comprar algo, pero cuando crucé la carretera, me puse los auriculares y los encendí, y empezó a sonar el OK Computer, y pasé de largo por la entrada del súper y empecé a subir la calle, hacia el patio interior ya conocido, donde a veces salen setas, pero volví a cruzar, y comencé a bordear el aparcamiento, mirando las plantas, y empecé a experimentar la corazonada, que fue apoderándose de mí, cuando llegué a aquel sitio, me transformó en lo que había sido. 

Eso que vagabundeaba por ahí, sin rumbo ni objetivo, solo, esquivando las zonas transitadas, recorriendo descampados, polígonos industriales, sacando fotos de edificios ruinosos, de áreas abandonadas, de charcos, de manchas de humedad, de barro, de basura, de escombros, de una paloma muerta, del esqueleto de un paraguas abandonado, de huidizos gatos callejeros, de puertas metálicas entornadas, cerradas con cadenas, de señales y carteles con doble significado, y contenedores de colores vibrantes que destacaban en el entorno gris y tétrico, de sombras geométricas, de composiciones de objetos, idénticos o dispares, que casaban a la perfección, de líneas contínuas y discontínuas, que avanzaban solas o en compañía de otras, en paralelo, y que se alejaban, pero a veces volvían atrás, por otros caminos, todas aquellas curvas satisfactorias, aquellos reflejos mágicos, simétricos, que como rocío caían sobre mis ojos desde la lámpara de techo del hospital. 

Toda aquella belleza sucia, triste y frágil emanaba de mi interior. Yo era como aquellos lugares abandonados donde sacaba fotos. Y luego miraba esas fotos, buscándo algo en ellas. Buscaba mi alma, mi alma de desecho de la vida y del mundo. De prodigio infrahumano, inútil y estéril. Mi alma sin cuerpo y sin atisbo de razón.


Así que saqué el móvil y empecé a hacer fotos, como entonces. Acaricié mi vieja alma durante largo rato. Y luego comprendí que lo hacía con otra alma. La mía. Tenía un alma nueva. Volví a casa y saqué fotos hasta del último rincón, de todas mis cosas, de todas las cosas de Guido, de todas nuestras cosas, de las recholas, de las esquinas del techo, del cesto de la ropa sucia. Luego tomé fotos del exterior, desde cada ventana. Y luego me puse frente al espejo y disparé. Le saqué una foto a mi alma.  

Una consciencia había arraigado, soterradamente. Había reptado y había trepado, hasta dar con un agujero por el que había salido afuera. Y en los días que siguieron desplegó sus hojas, absorvió la luz y se llenó de capullos. Luego se abrieron las flores, y vinieron los insectos. Mi alma se propagaba, conquistaba la vida que le pertenecía. 

Mi pensamiento se convirtío en un río que bajaba por la montaña. Al principio mi alma me llevó por aguas mansas, transparentes, y yo observaba el lecho, los animales, las plantas, los árboles, todo. Tenía unos remos y los utilizaba. Me alejaba y me acercaba a las orillas, me orientaba en la dirección que deseaba, desplazándome lateralmente al mismo tiempo que no dejaba de avanzar. "Mis pensamientos ya no son charcos aislados, de lluvia ajena. Ya no irrumpen en el vacío, de forma abrupta y mecánica, burlescos, como en ese juego de la feria, el de los topos. Yo los golpeaba con el mazo, para abatirlos, en cuanto asomaban la cabeza. Se ha obrado el milagro. Ahora tengo un alma, que se narra a sí misma, que relata el mundo, que saborea la vida, que se vincula".

El alma, reconocida, quiso demostrar todo de lo que era capaz. Atravesamos rápidos que hacían saltar y girar la balsa. El agua, fresca, me salpicaba la cara, me mojaba entera, mientras yo me agarraba con fuerza a los asideros. Me sentía segura, la basa era flexible y resistente. Y me pregunté de dónde habría salido mi alma. 

Todo este tiempo, esta vida inconexa, ¿la había estado albergando y nutriendo, como un feto, sin ser consciente de su existencia y de su desarrollo? ¿Cómo pude darla a luz aquella noche, sin darme cuenta, mientras dormía? ¿O es que todo el calvario que he atrevesado eran dolores de parto? Y ahora que está aquí, ¿voy a ser capaz de sostenerla en mis brazos? ¿Voy a ser capaz de amamantarla, de protegerla, de cuidarla, de criarla, de educarla? ¿Voy a ser capaz de verla crecer y cuestionarme, y alejarse de mí, y observar cómo decide por si misma, cómo se equivoca, cómo sufre, cómo madura? ¿Y será ella mi esperanza, mi orgullo, mi redención, mi razón de haber vivido? 

Y entonces me hablaste, alma: "¿Vas a abandonarme? ¿Vas a volver a lo de antes lo de antes de mí, a tu teatro de marionetas? ¿Vas a quedarte ahí detrás, agachada, atisbando por un agujerito las expresiones en los rostros de los asistentes? Cuando el público se marcha y te quedas a oscuras, es como si tú misma fueras un títere abandonado. ¿Es eso lo que quieres?"

- No lo sé. Tú eres joven y fuerte. Eres valiente, insaciable, fanática. Pero yo me siento vieja, estoy hecha mierda. Me fascinas, me inspiras, me enterneces e ilusionas. Me despiertas muy temprano por las mañanas, excitada, impaciente, pidiendo que nos pongamos a escribir, y nunca quieres irte a dormir. Eres un bálsamo que ha hecho que todas mis heridas dejen de doler, un torrente que ha desatascado todas las tuberías obstruidas, y que lo anega todo. Una descarga de electricidad que ha iluminado y coloreado mi cerebro como un abeto navideño. Un golpe de desfibrilador que ha resucitado mi corazón muerto. Haces galopar mi corazón, siento como la sangre vuelve a circular por mis venas, como el aire vuelve a entrar y salir de mis pulmones, como mi boca, mis ojos, y otras partes de mi cuerpo, vuelven a a humecerse. Es como si mis pies, al fin, pisaran suelo. Como si mis manos, al fin, tuvieran un propósito. Has levantado la venda que me cubría los ojos, has extraido los algodondes que tapaban mis oídos, y me has arrancado la mordaza de la boca. Me has sacado de esa celda, me has sacado a la luz. Me has devuelto la vida, alma. Me haces llorar de felicidad.  

Pero vas a acabar conmigo, si seguimos a este ritmo. En serio, voy a sufrir un infarto o un colapso nervioso. Quieres quedarte en este balancín, subiendo y bajando inagotablemente, impulsándote con los pies lo más fuerte que puedes, pero yo no tengo fuerza. Para poder acompañarte necesito que vayas más despacio, que te portes bien. No puedo escuchar todas tus impresiones y ocurrencias, y responderte y corresponderte cada minuto del día. No puedo mirar todo lo que me señalas entusiasmada, compartir tus sensaciones y darte mi aprobación, todo el tiempo. No puedo jugar contigo a todos tus juegos, y con todos tus juguetes. No puedo largarme a vivir aventuras y desatender mi modesta realidad. No puedo sustentar tantas emociones, tan agudas, tan hondas, tan vastas. No puedo abarcar tanto. No puedo alzarme ni alejarme tanto, hasta alcanzar las estrellas o el horizonte, a donde quieres llevarme corriendo y volando. No puedo mirar directamente al sol, tú puedes hacerlo pero a mí me ciega. Llegaste hace tres semanas, y he sido tan feliz contigo... Pero tengo miedo.

Si quieres quedarte conmigo tendrás que entender y aceptar que soy una amante y una madre oxidada, que soy cobarde, y sensata, que estoy comprometida con una vida pequeña, humilde y estable, que amo, y a la que no estoy dispuesta a renunciar. Métete dentro de mi cuerpo, de mi cabeza y mi pecho, acurrúcate ahí, y prometo hablarte y acariciarte, alimentarte, darte cariño y placer, jugar contigo y enseñarte muchas cosas, como haces tú conmigo, pero despacio, sosegadamente, mientras sigo adelante con mi vida. Múdate a mi pequeño hogar, también puede ser el tuyo. Eres bienvenida, alma. Sé el balcón de mi casa, por el que pueda asomarme al mundo, contemplar la vida y admirar tanta belleza. Tengo pocos pero muy buenos amigos, y tengo una familia, con los que no he podido estar, con los que no he podido ser, porque a mi corazón le faltaba tu puerta. No seamos sólo tú yo. No quiero seguir estando sola. Eres un tesoro que quiero compatir. Quédate conmigo, por favor. Cúrame. Tengo fé en ti. Guido también la tiene. Construiremos una presa. Seremos felices."  

Pero tú respondiste que querías ser libre. Y el río se estrechó súbitamente, el caudal subió y las turbulencias me arrojaron al agua. Ví la balsa vacía alejarse hacia la cascada. 

No sé dónde he estado. Me despertaron tus quejidos, tus gemidos. La orilla era todo fango. El río estaba turbio, lleno de remolinos. Me quedé ahí, sin poder reaccionar. Y luego empezaste a chillar. Tus aullidos de rabia, de dolor, de miedo, hicieron que me pusiera en pie. Me adentré, para alejarme de ti. Esto es un pantano. Lleno de reptiles que quieren devorarme. Escucharte me parte el corazón y me crispa los nervios. Quisiera poder enterrarte para que mueras de una vez. Y tal vez para desenterrarte algún día. Pero tú no tienes cuerpo y yo no tengo tierra. Así que huyo, huyo de ti, de tus alaridos, que me espantan. No sé a dónde ir. No soporto tus gritos. 

Ya sé, ya sé lo que tengo que hacer. Me vuelvo a mi prisión subterránea. Aprisa, quiero llegar cuánto antes. Estoy deseando cerrar la puerta de la celda desde dentro, vendarme los ojos, amordazarme, taparme los oídos y amarrarme de pies y manos. 

No siempre estaré atada ni sola. Trabajaré, y Guido vendrá a visitarme todos los días. Y de vez en cuando algunos familiares y amigos. Pero no a mi celda. Los citaré, como siempre, en el pequeño salón de actos. Me quitaré las vendas y las amarras para ir a su encuentro. Apagaré la luz, me ocultaré detrás del parapeto, encenderé el foco y sacaré mis marionetas. Espero hacerlo bien. 

¿Sabes por qué me gusta tanto pasar el tiempo con Guido? Porque él no se queda en el asiento. Él se acerca, se agacha al otro lado, saca sus marionetas y hace que jueguen con las mías. Se le ocurren tantas historias.

Quiero odiarte, pero no puedo, porque eras mi alma, y no eras triste ni sombría. Eras hermosa. Fabricaré una marioneta nueva, que serás tú. Y te haré vivir aventuras. Todo eso que me dijiste que querías que hiciéramos juntas, antes de que te me escaparas.

Quisiste crecer demasiado rápido. Te equivocaste de camino. Debiste quedarte conmigo. Debí haberte sujetado. Debí adivinar lo que te sucedería. Pero yo no soy como tú, yo nunca quise aferrarme a nada. Querías alcanzar el mar. Te llevaré hasta él, en mi teatrillo.

Vamos, deja de llorar y duérmete, alma.