Las lágrimas del cocodrilo poroso

Hoy me he despedido de Hanako en la orilla. La marea está retrocediendo. Esta noche descansaré en la playa. Mañana emprenderé el camino hacia la montaña. 

Cuando empiece a ascender tendré que ir despacio, por rutas sencillas. Me pararé a menudo, a descansar. Me tumbaré sobre mi vientre. Miraré las vistas y mediré, a ojo, la distancia recorrida. 

"¿Existirá una Hanako pedreste?" Si existiera, y viviera en esa montaña, no creo que viviera en lo más alto. Creo que ella se instalaría a media altura, y en sus paseos, subiríría y bajaría. Le gustaría alejarse de casa, adentrándose en el bosque, durante horas. Sería alpinista.  

Quizá me la encuentre, en cualquier parte, cuando menos lo espere. Echada en un claro, durmiendo sobre la hierba, o de pie sobre una roca, oteando el horizonte. ¿Pero qué forma tendría? ¿Cómo podría reconocerla?

Por el camino, arrancaré flores, por si acaso. Las llevaré en las fauces, para transportarlas. Cada vez que coma, las sustituiré por otras nuevas. Si está en la montaña está acostumbrada a verlas, pero no son mías, no son suyas, cómo estas.

Si no la encuentro por ninguna parte, me tumbaré entre las flores que crecen y se abren y marchitan, arraigadas al suelo. "Aquí estará dando frutos. En el mar se aferraba al coral, y cobijaba a toda clase de pececitos. Pero creo que, como allí, le seguirá costando echar flores. A mí me regaló una sola flor, que hizo brotar con mucho esfuerzo. Era una flor grande, alada y honda. De su interior escapaba un aroma dulzón y fétido, a muerte fresca. Fue alzándola, despacio, desde un tallo fino, cada vez más alto. Cuando la flor salió a la superficie, se desplegó lentamente ante mí, hasta quedar completamente abierta, flotando. Y entonces yo la devoré."

"Hanako es semi-carnívora. Tiene hojas gruesas, duras por fuera y jugosas por dentro. Algunas de sus hojas están bordeadas por pinchos, otras no. Su sabia tiene un sabor ácido, y propiedades curativas y alucinógenas. Lo sé porque roí sus tallos gruesos."

"Aunque vive bajo el agua, tiene raíces aéreas. Puede extenderse por el lecho marino, y trepar, como si fuera un pulpo, gracias a sus innumerables zarzillos. Le gusta la sombra y la luz ténue."  

Volveré a alzarme sobre mis cuatro patas y seguiré mi camino. 

Si consiguiese llegar a la cima, para entonces, habría pasado tanto tiempo... Creo que desde ahí vería otras montañas, muchas, más bajas y más altas que la mía. Y el desierto. Y el océano. Y reconoceré la playa en cuya orilla me despedí de Hanako. Tendría que decidir hacia donde dirigirme. "¿Cuál, de todas estas, es tu montaña?"

El interminable silencio me haría reformular la pregunta: "¿Existes, Hanako?" 

Cuando el sol se ocultara, arreciara el frío y se desvelaran las estrellas, alzaría mi pesada y alargada cabeza todo lo posible, girando lentamente sobre mi mísma, trazando un círculo con mi cola. Levantaría la pata delantera derecha, estirándola, y abriendo la garra. Y me quedaría esperando. Esperando como sólo un cocodrilo es capaz de esperar. 

Esperando sentir su mano invisible y suave acariciar mis dedos escamosos y mis afiladas uñas, por un instante.

Y al fin comprenderé. "Sólo existe una Hanako, y no es terrestre, ni sideral. La encontraré en el océano, en mi hogar":  











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