Concierto para instrumentos desafinados, Juan Antonio Vallejo-Nágera

El beso de Judas

«No es frecuente encontrar ángeles en el infierno».* Esta frase pertenece a una novela reciente. La acción ocurre en un manicomio, y el autor con este comentario busca ensalzar a la protagonista que entró en el hospital fingiendo estar enferma para resolver un crimen. El escritor refleja sus impresiones, pues deseaba proporcionar veracidad al relato y vivió unos días en un hospital psiquiátrico actual. Del comentario se deducen dos cosas: Opina que el hospital es un infierno, y que en él no hay ángeles. 
La experiencia me hace estar en desacuerdo con la segunda deducción. En los manicomios, 
como en todas partes, se encuentran ángeles y demonios. Hay que saber identificarlos. A los 
demonios es fácil porque atormentan. Los ángeles, por ser silenciosos, con frecuencia pasan inadvertidos. 
Ésta es la historia de un ángel. Antes de hablar de él conviene que el lector se familiarice con el infierno donde estaba recluido desde la adolescencia y... para siempre. 
Para el recuerdo de estos hechos, hemos de  retroceder en el tiempo aún más que en los 
restantes capítulos de este libro, pues ocurrieron en los últimos años de la década de los cuarenta. 
Se tiende hoy, en un constante error de perspectiva histórica, a considerar como unidad a la prolongada etapa del régimen político que sucedió a la guerra. Desde el punto de vista de quienes lo vivimos entero, muy poco tienen que ver los años cuarenta con los cincuenta, y casi nada éstos con la década de los sesenta. 
Al iniciar mis estudios de Medicina en 1943 seguíamos bajo el espectro del hambre, azote 
pavoroso de los tres años anteriores. La triste clientela de los hospitales del estado era toda «de beneficencia», no podían costear su asistencia médica, y el Seguro de Enfermedad en etapa de arranque, sólo cubría a un pequeño sector de la población. 
Las tragedias acumuladas en cada hospital eran una combinación de enfermedad y miseria. Los estudiantes nos percatábamos de que muchos enfermos no venían a curarse sino a morir. En seguida aprendimos a diagnosticar los .edemas de hambre», una hinchazón en manos, tobillos y otras partes del cuerpo esquelético de aquellas gentes famélicas. Tras muchos meses de no poder comer carne ni cualquier otro alimento con proteínas, el déficit proteico provoca una permeabilidad en
los capilares que deja salida a los líquidos que deberían contener, encharcando los tejidos de zonas del cuerpo, que parecen llenas cuando sólo están hinchadas con agua. En algunas regiones, al faltar alimentos, empezaron a consumir productos vegetales inadecuados para el hombre. Entre las intoxicaciones de este origen fue terrible la provocada al comer almortas, llamada «latirismo», cuyo  envenenamiento provoca dolores lancinantes y parálisis. Las víctimas seguían ocupando muchas camas del hospital de San Carlos, en el que cursábamos los estudios. Faltaban medicamentos y toda clase de medios. Para el enfermo el calvario terminaba con la muerte, no para su familia. Entre clase y clase, al deambular por los pasillos, los estudiantes tropezábamos de vez en cuando con una 
algarabía patética. La de los gritos y lamentos de la familia del fallecido, a la puerta del depósito de cadáveres que está al lado de la sala de disección, en la que teníamos que hacer prácticas de Anatomía. 
Muchos enfermos fallecidos en el hospital no tenían familia, o ésta, anclada por la miseria en 
lugar de origen, no podía viajar. Otros congregaban allí, a la puerta del depósito de cadáveres a sus allegados. El entierro en la fosa común tiene en esos años un costo de 17 pesetas. Si nadie lo paga, el cadáver pasa a la sala de disección. No hay que hacer un esfuerzo de imaginación para comprender el dolor de quienes no podían aportar las monedas imprescindibles para liberar los restos de un ser querido de esta tétrica desmembración final. Una de las aulas en que tentamos clase está al lado de la del depósito. Si la salida de los estudiantes coincidía con una de estas escenas desgarradoras, era frecuente verles realizar la apresurada colecta de una cifra que en la mentalidad de hoy de estudiantes con automóvil nos parece ridícula, pero que no era fácil reunir. 
Al terminar mis estudios en 1949, la situación en San Carlos había cambiado ostensiblemente. Abundancia de medicaciones, más medios de toda índole, y... escasez de cadáveres disponibles para el aprendizaje de la Cirugía. 
En los últimos años de la carrera, el estudiante de Medicina ya suele saber la especialidad a que le inclina su vocación, y aprovecha el período de vacaciones para hacer prácticas en un hospital de la especialidad elegida. En mi caso un hospital psiquiátrico en la provincia de Madrid. Un auténtico manicomio, con todas las agravantes. Estos establecimientos, por tradición cuyos sórdidos motivos no es difícil intuir, se edifican alejados de las ciudades. 
Entonces me di cuenta de cómo había mejorado San Carlos. Creí volver a los primeros cursos de la carrera. Las reformas hospitalarias llegan siempre con retraso a los centros psiquiátricos, y aquéltenía una dotación de cinco pesetas diarias por enfermo, para alojamiento, comida, asistencia médica, fármacos, vestido y tabaco. Puede imaginarse la calidad de todo ello. 
«Departamento de sucios.» Es absurdo y degradante, este letrero encabezaba la entrada de un pabellón en casi todos los manicomios del mundo. El olfato permitía inmediatamente comprender lo certero de la denominación. Acumulaban allí a todos los pacientes con incontinencia de heces y orina. Carecen de control de esfínteres o la enfermedad les induce a no utilizarlo. 
Los enfermos se dividen por esta alternativa. Unos no pueden y otros no quieren permanecer limpios. En el primer paso están entre otros los paralíticos, y en el segundo se encuentran ciertos enfermos, sanos físicamente pero a los que sus ideas delirantes les hacen creer, por ejemplo, que si no sueltan inmediatamente, vestidos, lo que apremia por salir, les matarán sin remedio. Prefieren encharcarse en sus propias deyecciones o la muerte, y obran en consecuencia. Desde el punto de vista de quienes tienen que limpiar la diferencia es pequeña, pero no resulta así en el interior de la
mente del enfermo. 
Como los restantes pabellones del hospital el «de sucios» tiene un jardín, al que salían los 
pacientes los días si lluvia. En este departamento no salen, les sacan porque casi ninguno tiene iniciativa propia, y muchos no pueden caminar. 
Los pacientes inmóviles, por parálisis o porque su trastorno mental les induce a no moverse, 
solían estar agrupados en un lugar próximo a la puerta, por economía de esfuerzo de quien tenía que trasladarles. La mayoría de los sillones de paralítico carecían de ruedas, y aun a los que las tienen había que alzarlos a pulso en las escaleras, pues no han construido rampas, ignoro por qué. 
¿Sillones de paralítico sin ruedas?, sí, amigo, solían ser unos toscos, incómodos y resistentes sillones de madera con un amplio orificio en el asiento con el orinal debajo. El enfermo, para que no caiga, está sujeto con cinchas de lona, correas, etcétera, al respaldo y brazos. Si algún miembro del personal tiene sentido común, han adosado a los sillones dos pares de asas metálicas, por las que pueden deslizarse unos palos, y llevarlo en volandas entre dos personas, como las antiguas sillas de manos. «No habrá ninguno que no las tenga.» Te equivocas, amigo. El sentido común está muy poco difundo. He visto en muchos hospitales acarrear al paciente trabajosamente entre dos cuidadores, sujetando encorvados al enfermo por el asiento, desplazándose lateralmente con pasitos cortos y peligro de tropezar y caer los tres. Enfermo tras enfermo, día a día, año tras año, sin pensar en tan 
sencilla mejora. Estos puestos de cuidador estaban pésimamente retribuidos, y solían ocuparlos ignorantes de pocas luces, incapaces de lograr otro empleo. 
— ¿Por qué no usan los palos para llevar los sillones? 
—Estamos acostumbrados a hacerlo así. 
Del equipo de cuidadores los menos inteligentes, o más indefensos, acaban siempre en el pabellón de sucios. La torpeza no significa entusiasmo por el trabajo, y los paralíticos quedan habitualmente, como dijimos, a la puerta del pabellón. En torno al grupo de sillones hay otros enfermos que teóricamente pueden moverse, y lo hacen de vez en cuando en el momento que les 
apetece, no cuando los enfermeros pretenden hacerles salir, por lo que les acarrean igual que a los paralíticos y allí les dejan. Unos sentados en sillas, bancos, o en el suelo. Otros en la postura que eligen, o en la que han caído. 
Los paralíticos, además de la silla, tienen en común el estar vestidos con una especie de camisón de lona que fue blanca. Ahí terminan las semejanzas. Si pueden mover los brazos los tienen sueltos, en caso contrario, adosados a las asideras mantienen actitud de estatua sedente con sólo dos posibles variantes: Yerguen la cabeza en vigilia cuando algo les interesa, y la dejan caer con la barbilla ligeramente ladeada si están dormitando. Así hasta que les vuelven a entrar para acostarles. 
Así hasta el fin de sus días... que son muchos, porque desde el advenimiento de las sulfamidas y luego los antibióticos, las úlceras e infecciones que acababan con ellos en poco tiempo ahora no les hacen mella y, ¿para su desgracia?, esta población hospitalaria tiene muy poca mortalidad. 
Ya entonces era una rareza la enfermedad que antes llenaba la mitad de estos sillones: La 
«parálisis general progresiva de los enajenados de la mente», PGP para los aficionados a las siglas. Enfermedad terrible que destroza a la vez la mente y el cuerpo. Un tratamiento casi ha borrado esta pesadilla, y los sillones de paralítico fueron ocupándose por otros huéspedes. Algunos no tienen el alma deformada por una verdadera enfermedad mental. Pueden dividirse en dos grupos, y es difícil saber quiénes merecen mayor compasión. 
Muchos no tienen ni tuvieron vida intelectual, que por lo tanto no ha podido «enfermar». 
Lesionado el cerebro desde el nacimiento, con las neuronas irreparablemente muertas mantienen una vida meramente vegetativa, de muñeco que respira. Carecen a la vez de movimiento voluntario y de inteligencia, sólo se expresan con gritos guturales con la cabeza colgante y babeando, la mirada errante e inexpresiva. Un perro normal aprende buen número de órdenes; un loro repite varias 
palabras. Ninguna de las dos tareas está a su alcance, son un trozo de carne sufriente, aunque algunos parecen insensibles también al dolor. 
Mezclados con ellos están otros pacientes, condenados a silla perpetua por incapacidad de moverse. Multitud de enfermedades neurológicas llegan a paralizar brazos y piernas, o a provocar movimientos desordenados e incontrolables. En ocasiones estas dolencias no afectan el psiquismo, y 
los enfermos inteligentes y alerta quedaban como espectadores lúcidos y aterrados de su propia tragedia. 
La reacción al drama varía de uno a otro, en situación similar. Recuerdo a Lucas, pidiendo cada vez que un médico para a su lado «una inyección para acabar de una vez, no puedo aguantar más». Junto a la memoria de Lucas acude la de Manuel en el mismo hospital, el primero en que hice prácticas como aprendiz de psiquiatra. 
Inolvidable Manuel. Hay una momia egipcia en un museo francés con el más bello epitafio: 
«Thais, sacerdotisa de Osiris, que nunca se quejó de nada.» Podemos colocar un letrero semejante en la cabecera de Manuel. 
Tenía Manuel tantos motivos para lamentarse que es un milagro que no lo hiciese. Más aún, 
encontraba siempre una frase, un argumento para eludir la compasión. La primera vez creí que se trataba de un sarcasmo. Llevaba meses sin que le movieran de la cama, en el segundo piso del «pabellón de sucios». En mi primera visita acompañaba a un enfermero nuevo, recién destinado al departamento, más inteligente y humano que sus predecesores. Inmediatamente se percató de que Manuel, en su forzada postura, sólo podía contemplar la desnuda pared de enfrente con la ventana, y 
encuadrado por ella, un rectángulo de cielo. Propuso acercar la cama al ventanal, y colocando un espejo inclinado permitir a Manuel que pudiese ver lo que ocurría en el patio, y tener así alguna distracción. Interrumpió Manuel: «Por favor, no se moleste, no hace falta. Dios es tan bueno que hace 
que de vez en cuando vea pasar un pájaro.» ¿Nos estaba tomando el pelo, o la frase desdeñándonos iba más allá, dirigida al Dios que acababa de mencionar, como una ironía blasfema? No, Manuel era así. Mejor dicho, había conseguido ser así. Cuando los terribles espasmos dolorosos contraían su 
rostro, y alguien al percatarse acudía con la inyección para aliviarle, su comentario con voz 
entrecortada por el sufrimiento siempre era: «No hace falta, ya se está pasando», aunque de sobra sabía que la crisis dolorosa está en la fase inicial, y sin el espasmolítico se convertiría en una tortura creciente y prolongada. ¿Por qué se portaba así? ¿De dónde sacaba fuerzas? Nunca lo quiso explicar, fingía no entender la pregunta. 
«Una persona inteligente, con las facultades mentales intactas, en el departamento de sucios de un manicomio, ¿cómo es posible semejante monstruosidad?» Lector amigo, ¿en qué mundo vives? La prosperidad económica vertiginosa e ininterrumpida del 58 al 73 hace parecer remoto, como una pesadilla irreal, nuestro pasado de miseria y atraso, ¡tan próximo! Hoy un enfermo de esta índole 
puede estar en un departamento de Neurología, con baños diarios en piscina templada, masajes, movilización pasiva, intentos de rehabilitación de los músculos conservados, terapia de ocupación, por ejemplo tocar la armónica que le sostienen, o pintar sujetando el pincel con la boca, etc. Efectivamente puede estar, y algunos están. ¿Te has preguntado qué pasa con los demás? Al ingresar casos recuperables y estar todas las camas ocupadas, los crónicos se van trasladando a 
otros departamentos menos diferenciados y menos costosos. De allí acaban mudándoles también... 
Manuel no pudo bajar trabajosamente peldaño a peldaño, porque no existía casi ninguno de los escalones superiores. Ni un solo departamento de Neurología en toda España. 
De todos modos era llamativo su rodar hasta el fondo del abismo, que un día en que estábamos solos y parecía presto a las confidencias, le pregunté cómo conseguía mantener la serenidad de ánimo, que en ocasiones daba la sensación de una extraña plenitud interior. Manuel, que para no fatigarse con el esfuerzo del limitado giro de la cabeza que podía realizar estaba mirando al techo, 
desvió los ojos hacia mí. La actitud era distinta de la habitual. Ojos penetrantes, con una mirada que no he podido olvidar: <<Leí unos versos, no me acuerdo del autor. Explican muy bien lo que hay que 
hacer: 

Baja, y subirás volando 
al cielo de tu consuelo, 
porque para subir al Cielo 
se sube siempre bajando.» 

La rotunda sinceridad alejaba toda impresión de beatería. Antes de terminar el recitado, Manuel mira de nuevo al techo. ¿Para no dar aire de sermón a esta confidencia? Los trastornos motrices de Manuel afectan ya ligeramente la musculatura del cuello. En ocasiones se atraganta al deglutir, y las 
cuerdas vocales, aunque habla con claridad, no permiten inflexiones para una dicción perfecta. 
Tampoco da la sensación de intentarlo, dice los versos sin énfasis, le importa mucho más el 
contenido que la forma.
Es la única vez en que nuestra charla adquiere matiz de lección. Le he obligado a ello con mi 
imprudente penetrar en su intimidad. Somos de la misma edad, ambos tenemos 21 años. Tengo la sensación de estar empezando mi vida. El cuerpo de viejecito esquelético de Manuel da la impresión del epílogo de la suya. También el rostro está demacrado. Pómulos salientes, cuencas hundidas. La combinación de la mirada y la sonrisa acariciadoras se independizan del cuadro general, como en esos planos de cine en que la cámara desenfoca el fondo para destacar aislado algún detalle primordial. 
Resulta ingrato verle con el pelo cortado al cero. El primer cuidado al ingreso de los enfermos era despiojarles, y por temor a los piojos, la mayoría de los pacientes tenía la cabeza rapada durante toda su estancia en el hospital. 
Los manicomios próximos a Madrid alojaban cerca de cuatro mil enfermos, con menos de una docena de psiquiatras para su cuidado. Hoy sólo el más pequeño de esos hospitales, aquel del que fui director, para 450 enfermos tiene una plantilla de 307 profesiones. Veintidós psiquiatras, cincuenta ATS, cincuenta auxiliares psiquiátricos, diez asistentes sociales, cinco psicólogos, cuatro monitores 
laborales, etc., etc. En aquel tiempo muchas de estas profesiones ni existían. 
Lamentablemente el mundo de Manuel era el otro, el de antes, y para acompañarle durante un rato va a ser de nuevo el tuyo, amigo lector. 
Por la necesaria rotación para el aprendizaje pronto me destinaron a otros departamentos, y en uno de ellos coincidí otra vez con el enfermero humanitario y con Manuel. Entre los dos se había establecido un profundo afecto. Al ser trasladado el cuidador insistió en llevar consigo a Manuel, sacándole del pabellón «de sucios». Decisión elogiable, mas con sus inconvenientes. Manuel contra su voluntad, pero inexorablemente, se ensuciaba todos los días, y el pabellón de «sucios» es el único 
que dispone de cierta preparación para el aseo de éstos enfermos: Una gran habitación, caldeada por un chubesqui, con bañeras a la altura de las camillas, y unas mesas de baldosines, como el suelo y paredes, en las que con unas mangueras de agua templada... Sólo son dos enfermeros y dos mozos para ciento veinte enfermos. En realidad hacen proezas para que aquello no sea aún peor. Pero es malo, muy malo. En el nuevo departamento el enfermero tendrá que arreglar a Manuel con una palangana y una esponja, varias veces cada día. Insistió en que prefería hacerlo a abandonar a Manuel, y éste tras repetir que por él no se molestasen, que estaba contento, no resistió la tentaciónde seguir a la única persona que le mostró cariño, o no se atrevió a decepcionarlo. ¿Quién sabe?, era tan raro Manuel. 
Manuel nunca pedía favores, pero sabía agradecerlos y mostró su gratitud con una alegría contagiosa que iluminó todo el nuevo pabellón, habitado por esquizofrénicos crónicos, incurables, con las más variadas y pintorescas expresiones de la enfermedad. Poco a poco se fueron presentando al 
nuevo inquilino: «Soy el Conde de Lemos, inventor del vino de moras», «soy el hombre más fuerte del mundo», «soy el Cristo de Orense, el de las barbas, que me han afeitado», 
«Soy Jesús Fernández, servidor de usted», «soy... ». 
En el manicomio cada departamento es un mundo aparte, casi sin conexión con el resto, y en aquel pabellón un paralítico, permanentemente rígido en cama, fue una novedad que despertó la curiosa atención de los demás enfermos, y a la vez la posibilidad de sentirse útiles. Al contemplar la solícita actitud del enfermero algunos se contagiaron, portándose con Manuel como niñas que juegan con una muñeca, arropándola, dándole de beber. Otros, también al modo infantil, reaccionaron con celos del «nuevo», al que veían tan atendido mientras de ellos no se ocupaba nadie. 
Los niños se cansan pronto de los juguetes, y unos días más tarde sólo se ocupaban de atender a Manuel tres enfermos que lo hacían con sacrificada generosidad. Las enfermedades psíquicas pueden deteriorar la mente dejando intacto el corazón. Hay locos generosos y otros mezquinos, abnegados, vengativos, sensibles, violentos, sufridos, despiadados. Todas las variantes de la bondad 
y malicia humanas, vestidas con el multicolor ropaje de la locura. 
En el pabellón, un centenar de cuerpos sanos con las mentes destrozadas fueron sintiéndose
atraídos por el único cerebro íntegro, el cerebro sin cuerpo de Manuel. Pronto en lugar de venir a atenderle acudieron en busca de ayuda, de apoyo para sus almas rotas. El paralítico sabía dialogar con ellos, interesarse por las preocupaciones y anhelos, resolver dudas, dar versiones consoladoras, regalar esperanzas precisamente él que no podía tener ninguna. 
El egoísmo humano acrecienta con el encierro, y con las privaciones cuando éstas llegan al límite del sufrimiento, cuando el plato un poco más lleno supone no quedarse con hambre ese día. Era extraño que Lorenzo, «El Judas», atrabiliario, cruel y rencoroso, hubiese tomado tanto afecto a Manuel como para ofrecerse a darle él la comida, pacientemente cucharada a cucharada todos los días. Descubrió el secreto el «Hombre más fuerte del Mundo» al venir a realizar una de las frecuentes exhibiciones ante el paralítico, para recibir las alabanzas de rigor. Lorenzo por cada cucharada al enfermo inmóvil se apropiaba de dos. Lo estaba haciendo desde la primera vez y Manuel no le había delatado. Quitó importancia al incidente cuando todos recriminaban a Lorenzo, quien desde aquel 
momento miraba torvamente de lejos al paralítico, sin acercarse, con expresión de odio irracional que se palpaba a distancia. 
El incidente con Lorenzo «El Judas» puso en evidencia lo que ya desde el principio se sabía. 
Manuel estaba indefenso ante cualquier agresión, capricho o extravagancia de los demás enfermos, que aún con buena intención podían ponerle en peligro. Tras la limpieza del dormitorio común, quedaba éste vacío con la única excepción de Manuel y quienes acudían a darle conversación. El enfermero optó por cerrar con llave y sólo abrir cuando al menos dos pacientes simultáneamente deseaban acompañar al paralítico. 
La medida disgustó a muchos, pues por diversos motivos preferían estar con Manuel a solas. Para hacerle confidencias, contar sus «secretos que no sabe nadie» — que nos habían repetido a todos hasta la saciedad—, o para presumir sin que les apagasen los faroles. 
Uno de los que más sintieron tener que ir acompañados fue Basilio, el «Hombre más fuerte del Mundo». Escuchimizado, lampiño y tolondro, Basilio solfa recibir un silencio relativamente cortés, un comentario sarcástico, o un «quita allá» acompañado de un empujón o patada en el trasero cada vez que se empeñaba en contar o demostrar su portentosa fortaleza. Y se empeña todo el día, al menor pretexto o sin él. Vuelve como una mosca pegajosa: «Doctor soy el hombre más fuerte del mundo»,  «mire puedo cruzar el patio a la pata coja», «mire puedo sostener una silla con cada mano», «mire...». 
Manuel, igual que a todos, le escuchaba con atención, admiraba sus demostraciones, y con la exquisita delicadeza que sacaba Dios sabe de dónde, encontró una fórmula para que Basilio no hiciese demasiado el ridículo ante los demás: «Basilio, no tienes que abusar de tu fuerza, no te pegues con nadie. Tampoco hagas alarde ante ellos, les asustas o les vas a dar envidia.» Basilio hinchando su pecho esquelético, radiante de orgullo prometía moderación, para olvidar la promesa 
poco después. Sus momentos gloriosos, hacia los que fue desarrollando una apetencia 
concupiscente, los disfrutaba con la cariñosa aprobación de Manuel. 
Basilio al encontrar por vez primera un espectador atento, interesado y admirativo fue saliendo de la rutina, aguzó el ingenio y enriqueció el repertorio de demostraciones. Por eso le fastidiaba tanto que hubiese testigos y buscaba cualquier pretexto para ir solo, pero el enfermero asustado con el incidente de Lorenzo «El Judas» se mantenía inflexible: por lo menos dos o ninguno. 
Aquel día de julio éramos tres, pues decidí acompañar en su visita a Basilio y a Nemesio «el caballo de oro». Los enfermos con un delirio pueden adoptar dos tipos de conducta: Uno de ellos es la representación de las ideas delirantes, como un actor que hace su papel. Esto ocurre cuando el delirio es complejo y coherente consigo mismo. Antiguamente llamaban a estos enfermos «locos razonadores», al modo de Don Quijote luchando con los molinos de viento, y usando la bacia como yelmo. Igual que Don Quijote fuera de su delirio discurren correctamente, y la propia enfermedad la argumentan de un modo relativamente hábil por lo que suelen seducir algún Sancho Panza. Otros enfermos no representan su delirio. En estos casos las ideas delirantes suelen ser absurdas,
incomprensibles, y no las argumentan o lo hacen de modo desorganizado y pueril, como Basilio. El psiquismo del enfermo está desflecado, incongruente y también su conducta. 
El «caballo de oro» es otro caso típico de esta modalidad, nunca pretende demostrar su condición de equino áureo, camina normalmente y no relincha portándose con naturalidad dentro de las limitaciones a que la esquizofrenia le ha reducido. Únicamente al preguntarle quién es expone su pintoresca convicción: «el caballo de oro». Lo que desea mostrar a Manuel no eran alardes ecuestres 
sino una rara habilidad con la que hoy podría acudir a un concurso de televisión: La oreja izquierda carece de cartílago, y plegando el pabellón auricular logra introducirlo en el conducto auditivo, quedando desorejado para asombro de los espectadores que se lo jalean las primeras veces. Los demás enfermos sienten un cierto orgullo por esta proeza circense de su compañero y gustan mostrarla a los visitantes o recién llegados: «anda, Nemesio, haz lo de la oreja», pero si no hay 
ningún novicio le es difícil encontrar espectadores, todos lo han visto demasiadas veces. 
En aquella ocasión Nemesio «el caballo de oro» repite el numerito para Manuel, quien finge 
sorprenderse, como en ocasiones anteriores. La oreja derecha conserva algo de cartílago por lo que su manipulación no resulta tan lucida como la de la izquierda, quedando una especie de moñito cárneo detrás de la patilla. Fingimos no darnos cuenta. ¿Verdad que puedo ganar dinero en las ferias con esto?, no hay nadie que lo haga. «Si, Nemesio, pero ten cuidado no te lastimes.» Más que las palabras es la sonrisa y la mirada de Manuel lo que incita a los otros enfermos a buscar su aprobación, siempre presente. 
Basilio tiene preparada una sorpresa en la nueva exhibición de fortaleza: «soy el hombre más fuerte del mundo. Puedo bailar el zapateado ese de Antonio el bailarín sin cansarme. Si quiero puedo cruzar todo el dormitorio bailándolo y no me canso». Imposible disuadirle, a eso ha venido. Su triste 
figurilla acentúa la ridícula silueta canija y encorvada al adoptar postura de bailaor flamenco. La raída chaqueta, heredada de alguien mucho más corpulento, ciñe por una vez la cintura al sujetarla con la mano izquierda, mientras alzando la derecha inicia lo que pretende ser el zapateado de Sarasate. 
Taconeo en sordina con zapatos destrozados, de suela blanda como un cartón, agujereada y los tacones desgastados y torcidos. También el infeliz Basilio está desgastado y torcido. Arrastra los pies, tropieza de vez en cuando, pero en un esfuerzo heroico por mantener la figura continúa el remedo de un taconeo rápido y convulso, con el que avanza lentamente por el dormitorio. Mal orientado el edificio a saliente, el abrasador sol matinal marca con fuego la silueta de los ventanales en el suelo, y ante ellos la sombra de Basilio se va recortando una y otra vez según los atraviesa en fatigosa 
marcha. Nemesio ha olvidado sacar las orejas y mientras contempla al «bailaor» parece una extraña especie de mono o un marciano, pelón y desorejado. No sé cómo interrumpir tan penoso espectáculo sin herir la vanidad del «forzudo». Manuel contempla aprobando con la mirada alentadora aquel baile desatinado que va lentificándose por la fatiga. Es Nemesio el «caballo de oro» quien interpela al «hombre más fuerte del mundo» sudoroso y jadeante. «Oye, te estás cansando.» Basilio casi no puede hablar. Con las palabras ahogadas por la respiración veloz y entrecortada logra gritar: ¡Si, pero me aguanto! 
Aplaudo y Nemesio se suma a la ovación. Con el movimiento se le despliega la oreja derecha a su posición natural, y él saca la izquierda del escondrijo. Manuel, dulcemente, comenta: «Muy bien, Basilio, nadie habría llegado hasta ahí.» 
El médico tiene que atender otros dos pabellones además de éste. El enfermero y los dos cuidadores o «mozos» (es el título oficial), totalmente desbordados no pueden apenas conversar con los pacientes. Los enfermos organizan su aplastante soledad en simulacro de mutua compañía. Conversación de sordos porque muy pocos escuchan. Manuel y algún otro. 
Entre los que saben escuchar y hablar coherentemente, está un personaje pintoresco y popular del Madrid de entonces. Entra y sale de los hospitales psiquiátricos según oscila la intensidad del hambre o de sus extravagancias. Sin dinero para comer, lo ha sacado para unas tarjetas de visita que reparte en la calle, en los corrillos que logra formar en su torno ; o entre los estudiantes, especialmente los de Medicina del viejo San Carlos, uno de los lugares que por misteriosos motivos más le gustaba frecuentar. Del patio de San Carlos le recordaba. Alto, fornido, melena y barbas al viento repartiendo sus tarjetas: «CRISTOBALIA», y debajo en letra menuda, «Abogado defensor de Cristóbal Colón, y acusador de Américo Vespuccio, usurpador del mérito y fama de Colón». 
La perorata, elocuente y divertida, tiene como punto central la injusticia histórica que supone 
llamar América a América, en lugar de Colombia como debiera ser en recuerdo del descubridor. Barbas y melena son una rareza en aquellos años, y contribuyen a dar empaque a Cristobalia, quien sobre el pedestal de su prestancia física, ampuloso y tonante, con voz de barítono bien matizada provoca curiosidad, risas, desconcierto y una buena dosis de respeto. Feliz si al terminar le invitan a tomar algo, sólido o líquido le da igual, en cualquiera de los bares próximos. Acepta discretamente si
se tercia algún modesto «donativo para la causa». Unos céntimos, o una peseta si algún donante quiere presumir de rumboso. 
Cristobalia fue tema de discusión frecuente entre los estudiantes madrileños a finales de los cuarenta. Nunca llegamos a estar de acuerdo sobre si estaba loco, o se hacía el loco para sobrevivir. La misma duda debían tener en las comisarías pues unas veces le enviaban a la cárcel y otras a los manicomios. Allí al parecer también persistía la duda, pues en algunas ocasiones le retenían y otras le echaban a la calle, en la que inmediatamente reunía el corro de papanatas, nos iba a buscar a los 
estudiantes que es lo que más le gustaba, y vuelta a empezar. 
¿Por qué le llevaban a la comisaría? Ah, hijo mío, eran otros tiempos. No se podía andar por ahí dando mítines por muy locoides que fueran. Dependía de las buenas o malas pulgas del guardia de turno. ¿Con qué pretexto o motivo? Probablemente la ley de «Vagos y Maleantes». Maleante no parecía. Vago un rato largo, pero no como para meterle en la cárcel por eso. 
En el reencuentro en torno a la cama de Manuel, de cuyas tertulias Cristobalia se hizo asiduo, nos fue contando sus trucos para pasar de la comisaría al hospital en lugar de a la cárcel. Confesó que muchos de los encierros los provocaba para escapar del hambre y especialmente del frío. Por eso solía reaparecer en primavera por las calles de Madrid, como años después empezó a ocurrir con 
los tulipanes. También resultaba, como ellos, muy decorativo. 
En este encierro estaba menos decorativo porque le trajeron afeitado y con la cabeza rapada al cero. Manuel le conocía de una estancia simultánea en la sala de Psiquiatría del Hospital Provincial de Madrid, y recordando el buen comportamiento de Cristobalia con él le recibió con alegría. 
— ¡Qué pena que te hayan rapado! 
—Es que hubo otra epidemia de piojos en el Provincial, y nos pelaron a todos. 
Los hospitales además de escasez de medicamentos la tenían del DDT. Los jóvenes de hoy, tan orgullosos de sus ñoñerías ecológicas contra los insecticidas no saben, casi ni por referencia, lo que son pulgas, chinches y piojos, que por vez primera en la larga historia de la Humanidad se vieron 
frenados precisamente en esa triste década. 
Cristobalia sí lo sabe. Durante su encierro en los manicomios no pone mucho entusiasmo en los discursos en pro de Cristóbal Colón. Hay demasiada competencia. Resulta poco halagador presumir de «abogado defensor» de alguien, cuando puede uno encontrarlo en persona en la cama de al lado. Le cuesta renunciar al corro de oyentes asombrados, y los reúne con otros trucos: 
—Tengo un sistema fenomenal para matar los chinches. 
Un grupo expectante se reúne de inmediato. — ¿Cómo?
—Así — y ríe mientras aprieta la uña del pulgar contra la del dedo índice. 
Nadie corea su risa. El sentido del humor no es el fuerte de Cristobalia, sólo tiene gracia cuando no se lo propone. En cambio sí tiene buen corazón, y una curiosidad inagotable sobre la vida de los otros asilados, que casi constantemente logra agrupar en su torno. Tres o cuatro le siguen donde va. 
Las frecuentes visitas de Cristobalia a Manuel dan repentino volumen de romería al gotear de 
parejas que acuden a hacerle compañía. La tertulia se prolonga en ocasiones hasta la llegada de los demás al dormitorio común. Varios se acercan a saludar al paralítico. Otros viven en la Luna o están peleados con alguno de los que en ese momento le hacen compañía, y pasan de largo como si el grupo no existiera. Lorenzo «el Judas» nunca se acerca. Desde que se descubrió que robaba la comida de Manuel fingiendo cuidarle, se ha hecho aún más solitario. Va derecho a su cama y desde allí mira fijamente al grupo, sin pestañear. Manuel le invita. 
—Lorenzo, acércate, me gusta hablar contigo. 
Desviando la torva mirada que aún ensombrece más, Lorenzo no responde. 
—No le llames, Manuel, no le llames, es mal bicho — tercia Cristobalia. 
El grupo de esquizofrénicos, como un coro de tragedia griega asiente silenciosamente, y luego repite en sorda sibilancia: «es mal bicho». 
—No es tan malo, está muy enfermo —intercede el paralítico. 
—Tú no le Llames, Manuel, déjale — insiste Cristobalia. 
Hace calor, el aplastante calor estival de la meseta castellana. Los árboles del manicomio no tienen conciencia de su encierro tras esos muros, que pudieran ser los de un huerto bien cuidado y han dejado crecer las hojas, tiernas y vibrantes al menor soplo de brisa. La sombra que unas hacen a otras matiza la luz, y con diferente iluminación el verde idéntico refleja mil tonos distintos. Los enfermos se cobijan en los bancos colocados a la sombra. Al mirar atentamente la copa del árbol más próximo, el burbujeo cromático de las hojas movidas por el aire ejerce una fascinación hipnótica y 
adormecedora, como la de las llamas de la chimenea encendida en las noches de invierno. Igual que entonces la conciencia somnolienta afloja las riendas a la imaginación que cabalga libre, teñida, no se sabe por qué, de una dulce melancolía. 
Cruza el jardín central del manicomio un amplio y hermoso camino enmarcado por doble hilera de árboles robustos, a los que una poda torpe ha mutilado. La copa remata los gruesos troncos, como un muñón hipertrófico en el que se apelotonan las hojas faltas del alivio de unas ramas amplias, sobre las que extenderse esponjadas provocando la caricia del limpio aire de Castilla. La franja de sombra de cada hilera de árboles es estrecha, y por ella caminan los pacientes en fila india o en parejas apretadas, como quien anda sobre el tablón que cruza un charco y evita salirse para no mojar los pies. Así me crucé con Cristobalia y Bartolo «el Cristo de Orense, el de las barbas, que me han afeitado». Bartolo siempre añade esta coletilla aclaratoria a su identificación. 
El reglamento del hospital es todavía muy cuartelero, pero poco a poco se van haciendo 
excepciones. Una de ellas ha sido permitir a Cristobalia y Bartolo que vuelvan a dejar crecer las barbas frondosas que tanto añoran. Ambos las necesitan. Bartolo para su autoidentificación delirante, mutilada por el afeitado. Cristobalia para configurar adecuadamente el personaje que representa por las calles de Madrid. Sin barba y melena no le reconoceríamos y precisaría todo un nuevo 
lanzamiento de imagen, por eso no abandona el hospital pese a que la estación es propicia. El director simpatiza con Cristobalia y es muy tolerante con su particular conveniencia de altas y admisiones en el manicomio. 
Cristobalia corresponde ayudando como puede al hospital y a los enfermos. En cuanto reingresa se convierte en una especie de enfermero honorario y recadero universal. Escribe cartas de los enfermos analfabetos, ayuda a moverse a los inválidos y, chismoso irrefrenable, se entera de todo y se mete en la vida de todos, pacientes y cuidadores. Los médicos y los estudiantes nos hemos 
acostumbrado a utilizarle como fuente de información, a veces irremplazable. 
Al cruzarnos en la franja de sombra, en la que no cabemos los tres, reaccionan como quien baja a la calzada dejando libre la acera para que pase el otro, y salen de la sombra para dejármela. Es unadeferencia que hay que agradecer y paro a saludarles. El Cristo de Orense aprovecha para informar que ha aumentado los días de indulgencia, concedidos a quien le rece una breve oración que ha 
compuesto para su culto. También es de agradecer. Tras la buena nueva nos abandona y sigue el paseo en majestuoso recogimiento. 
Cristobalia tiene ganas de conversación, y se ofrece a acompañarme al despacho para ir 
avisando a los enfermos que tengo que reconocer esa mañana. Es un servicio que ha prestado otras veces, y que realiza muy bien... con tendencia a quedarse en el despacho, en lugar de esperar fuera durante las entrevistas. Dado que su curiosidad natural se acompaña de discreción, nos es útil y nunca ha perjudicado a un enfermo, se le ha ido considerando como un colaborador sui generis, que ayuda cuando le viene en gana. 
Cristobalia cumplió tan bien aquel día, con tanta habilidad y tacto en el trato de los pacientes, que al terminar le propuse: <<Cristobalia, ¿por qué no te dedicas de verdad a esta tarea? Tienes facultades para hacerlo mejor que los cuidadores que hay ahora aquí. ¿Por qué no te dejas de fantasías bohemias y quedas como empleado? En septiembre empieza un cursillo para cuidadores, se te puede matricular, y tienes inteligencia y cultura de sobra para sacar el número uno. Si consigues la plaza, ya que esto te gusta y lo haces bien, puedes ser útil a los enfermos y a la vez dejar de pasar hambre y frío haciendo el ridículo por las calles de Madrid. >>
Mientras pensaba si no me habría excedido en la oferta, pues yo estaba en aquel hospital 
simplemente de prácticas, Cristobalia ladeó la cabeza y me contempló a través de los párpados entornados antes de contestar. Luego, pausadamente, en tono monótono y sin convicción, sin la teatralidad de otras ocasiones dijo: <<Me gustaría, pero tengo mi tarea... Es una vergüenza lo que se ha hecho con Colón; Américo Vespucio le ha robado el nombre del continente que él descubrió, hay 
que conseguir que se Llame Colombia...» 
¿Se estaba burlando? Nada en su expresión permitía suponerlo. Tampoco era la actitud de un paranoico que expone su delirio. Comprendí que como novato, aún no estaba preparado para diagnosticar un caso tan complejo. ¿Llegaría a estarlo algún día? 
Fue él quien cambió de conversación al recordarme que aún no había visto a Manuel, incluido en mi cupo de aquel día. 
—Manuel está raro, a veces dice cosas extrañas. 
Era cierto. Ya me lo había recordado el médico jefe del servicio al entregar las historias clínicas que debía revisar esa mañana: 
—Tráeme bien hecha la exploración de Manuel, parece tener ideas delirantes de influencia, de 
presencia de otra persona, y posibles alucinaciones visuales. 
Cristobalia recogió las historias en la carpeta e insistió en llevarla él. No teniendo bata blanca 
como los mozos, el caminar al lado de un estudiante portando ostensiblemente la carpeta da una especie de investidura de profesionalidad. Hasta los grandes hombres tienen sus debilidades. La de Cristobalia es representar un papel, el que sea, pero representar. 
Fuimos charlando por pasillos y escaleras. Al cruzar el jardín, el sol inclemente de julio ya en su cenit había estrechado la franja de sombra de la línea de árboles de copa mutilada. Instintivamente buscamos alivio, marchando en fila india por la angosta sombra, y sin la conversación de Cristobalia fui anticipando mentalmente el encuentro con Manuel. ¡Dios mío! ¡Ha perdido lo único que le quedaba, la razón! ¡Pobre Manuel! 
La historia clínica reseña escueta y rutinariamente, casi como datos burocráticos, las penas que fueron lloviendo sobre él, tras una infancia feliz: «Hijo único y tardío de un matrimonio de edad madura. El padre, funcionario municipal, fallecido de infarto cuando el enfermo tiene 11 años. La madre fallece de neumonitis dos años más tarde. Pasa a un internado y a vivir con el abuelo materno y una tía subnormal. Sin antecedentes patológicos excepto las enfermedades habituales de la infancia. Buen desarrollo físico e intelectual. Conducta normal, muy buena escolaridad. Termina el Bachillerato a los 17 años, meses antes de iniciarse la enfermedad actual... 
En este relato casi telegráfico puede leerse entre líneas el manantial de sufrimientos que brota con la muerte del padre; y creciendo constantemente como un río de dolor al que se unen nuevos afluentes, va a acompañarle el resto de su vida. El derrumbamiento de un mundo grato y acogedor que giraba en torno a ese hijo tardío y adorado. Se convierte a la vez en un niño vital y en un viejo precoz que comprende que las espaldas de su madre no están hechas a la carga que ahora pesa 
sobre ellas. Espectador impotente y asustado del descenso a otro tipo de vida. Hay una frase ramplona muy empleada por entonces: «Murió y se llevó con él la llave de la despensa», que encierra una realidad, que él palpa ahora, incluso en el estómago. 
La mísera pensión no permite que siga en el colegio, en el que ya está bien encajado y con tantos amigos. ¡Qué amargura la de su madre!, cuántos rodeos al decirle que el próximo curso irá interno al colegio de huérfanos. 
Manuel en esos meses la ha oído comentar lastimeramente con las visitas, cada vez más 
escasas: «...una mujer sola...», «...sin un hombre en la casa...». Con madurez prematura comprende la urgencia de que ese hombre sea él. Decide no añadir un lamento a los de su madre, y ya no se quejará jamás. Nunca. De nada. Aprende a realizar piruetas para buscarle al mal tiempo esa buena cara que le ha escondido: «Mamá, creo que es muy buen colegio. A lo mejor me eligen para cantar la 
lotería. Nosecuantossetentaydooos dieeezmil pesetas.» Y se aleja saltando por el pasillo antes de que su madre pueda ver las lágrimas que aún no sabe dominar. 
En las visitas de su madre no le mencionó el despego, y las novatadas crueles que como los otros recién llegados tuvo que soportar. Es curioso que al año siguiente le escogiesen, efectivamente, para cantar la lotería. No sacó ningún premio importante, pero es su mejor recuerdo de esa etapa. Como si el destino quisiera mostrarle que no le iba a dejar levantar cabeza, a las pocas semanas muere su 
madre... 
Vacaciones. ¿Por qué siendo verano nota un escalofrío al pasar ante la casa, donde nació y vivió, y en la que ya no hay nada suyo? En la del abuelo, jubilado hace muchos años, le han arreglado un 
cuarto al lado del de su tía deficiente mental. Abuelo y tía le tratan con cariño, y vuelve a sentir la urgencia por ser hombre, el hombre que pueda ayudar a esos dos seres desvalidos que ahora intentan ampararle. 
Fin del Bachillerato. Beca para la universidad. Todo un nuevo horizonte de esperanzas, y la 
tragedia. En rápida sucesión el accidente y la enfermedad. ¿Qué importan los nombres técnicos? Cuadriplegia espástica, atrofia muscular... El horror de saberse para toda la vida una cabeza sin cuerpo útil. Cabeza, que como quien se asoma a un muro tras el cual se están cometiendo atrocidades, ve cómo se las hacen a él mismo. Un día le cuentan que falleció el abuelo, y apresuradamente se ve trasladado del sanatorio a un hospital de beneficencia. En éste de la sala de Traumatología al departamento de Psiquiatría y Neurología. ¿Por qué se atreven a añadir «y de 
Neurología», si no tiene la menor condición para enfermos de esta índole? ¿Para justificar atropellos como el que ahora cometen con él? 
De allí al «departamento de sucios» del manicomio provincial donde le hemos encontrado; donde ha iniciado un alivio a su destino, y un sentido de utilidad a la vida en un departamento de esquizofrénicos graves y la mayoría incurables. 
Ya hemos llegado al dormitorio. Hace rato que Cristobalia camina de nuevo emparejado conmigo, pero ahora en silencio. ¿Está pensando, igual que yo, en qué nueva tribulación va a brindar el destino a esta cabeza indefensa, que ahora parece empezar a desmoronarse por dentro? Manuel está 
desnudo. El enfermero le asea con ayuda de la esponja y la palangana. Cómo se ha acentuado la atrofia! Se pueden contar todos los huesos del esqueleto rígido, con la piel pegada a ellos y a las articulaciones. Manuel sonríe. «Buenos días, doctor — sabiendo que yo aún no Io era, siempre me llamaba así —, hola, Cristobalia.» Nos saludamos con el enfermero, y terminado el arreglo de Manuel quedamos de tertulia en torno a la cama, como tantas veces. 
La orden del jefe «haz bien la exploración de Manuel» obliga a cambiar disimuladamente varias veces de tema de conversación. El paralítico muestra la lucidez y la radiante alegría interna de siempre. Pienso retirarme pues se acerca la hora de comer de los enfermos, y de salida de nuestro 
autobús a Madrid, cuando Manuel pide afablemente: 
—Cristobalia, ¿puedes traer una silla para mi Amigo?, quiere sentarse con nosotros. 
Mientras el defensor de Colón la acerca hay un pesado silencio. Recuerdo en la historia clínica 
anotaciones del jefe en los últimos días, sobre la presencia en la conversación de Manuel de un amigo imaginario, antes nunca aludido. La petición de una silla hace probable la sospecha del jefe clínico sobre alucinaciones visuales de Manuel. Al parecer con tanta corporeidad que no sólo ve a su personaje, sino que éste adquiere una realidad de presencia como la de las otras personas que le rodeamos. Es extraño porque nunca había presentado el menor trastorno mental, y cuando aparecen algunos tan graves como ideas delirantes y alucinaciones, suelen acompañarse de otros síntomas, por ejemplo alteraciones de la conducta y del estado de ánimo, y esto no ocurre en Manuel. Repaso mentalmente las posibilidades clínicas. La esquizofrenia no se contagia, y como he comentado Manuel no presenta los síntomas concomitantes que tendrían que haber acompañado a los que 
ahora muestra. El deterioro mental por hospitalización prolongada, el «hospitalismo», tiene otros rasgos. En algunas ocasiones la enfermedad psíquica no es muestra del derrumbamiento de las funciones mentales, sino un intento desesperado del psiquismo por no desmoronarse ante realidades que no puede soportar, y se refugia en fantasías consoladoras, como los delirios y alucinaciones de algunos histéricos; pero el paralítico no tiene el menor rasgo histérico en su personalidad. De todos modos la situación de Manuel es tan desconsoladora y sin esperanza, que incluso este alma de temple privilegiado puede doblegarse buscando refugio en un mundo irreal. Como aprendiz de psiquiatra llevo mala mañana, no atino con ningún diagnóstico. 
—Manuel, ¿de qué amigo hablas? 
—De mi Amigo. Siempre lo he tenido conmigo dentro, ayudándome. Ahora ha venido en persona porque me va a llevar. 
—¿Dónde vais a ir, Manuel? 
—Marcho con Él. Vosotros no le podéis ver, pero quiere estar con todos, por eso he pedido el asiento. 
Manuel tuvo que cerrar casi los párpados para dirigir la mirada desde la cabeza inmóvil hacia la silla, que Cristobalia había colocado a los pies de la cama. Enfermo y enfermero miraban perplejos a Manuel, la silla vacía, y mi cara, temo que tan desconcertada como la de ellos. Las instrucciones del jefe eran: «no te metas a hacer interpretaciones, que no estás preparado. Haz observaciones, las apuntas bien, y lo otro ya te enseñaré a hacerlo». Resultaba violento ponerme a apuntar las frases de Manuel en la ficha, nunca lo había hecho en conversaciones anteriores. Además el tono de Manuel al pronunciar Amigo, y Él, provocaba una aureola especial de presencia entre mágica y sagrada. 
Manuel nos miraba de nuevo plácidamente sin hablar, y no se me ocurrían nuevas preguntas. 
Aquellos instantes quedaron congelados en el tiempo, pero el reloj avanzaba porque oímos pasos y voces. Algunos enfermos subían siempre al dormitorio a recoger algo antes de las comidas. El «Rey de Portugal» venía a buscar el servilletero de celuloide nacarado, con la servilleta impoluta, nunca usada, pues se limpiaba con el pañuelo para no mancharla. Anselmo una gorra que encasquetaba 
durante las comidas, «para que no se me escapen los vapores del alimento por el cráneo, porque si no desmejoro». Tras ellos Lorenzo «el Judas», y «Don Luis» que venía a colocarse su dentadura postiza. Don Luis era el fundador y presidente de un partido político. «El Partido Razonable y Justiciero.» «Nuestro partido no mata a los criminales, los deshuella.»  Además de no matar a los criminales, don Luis sólo utilizaba la dentadura durante las comidas. 
«No se me ocurre andar todo el día con la cuchara y el tenedor a cuestas. ¿Para qué voy a cargar con la dentadura después de comer? ¿Para parecerles a ustedes más guapo? No me da la gana.» Efectivamente no estaba nada guapo ni con la dentadura, ni sin ella. Desdentado, seguía todo el día mascullando impertinencias con la mayor soltura, que es lo que le gustaba de verdad. 
AI acercarse a nuestro grupo parecieron contagiados del sobrecogimiento que nos invadía, y caminaron silenciosamente. Don Luis abrió con ceremonia la alacena en que guarda el vaso con el «utensilio para comer». Lorenzo se dirigió a su cama, luego como cambiando de idea, silencioso y torvo se acercó pausadamente. Tras quedar un rato parado mirando la silla vacía, ante el asombro de 
todos se inclinó sobre Manuel, le dio un beso en la frente, y marchó caminando unos pasos hacia atrás sin apartar la vista de Manuel, y luego dio la vuelta y aceleró el paso correteando hasta salir del dormitorio. 
— ¿Ves Cristobalia como no es mala persona?, está muy enfermo, y no sabe cómo portarse. 
— No te fíes, Manuel, ese Judas es un arrastrao, ha sido «el beso de Judas». 
— Es muy triste hacer el papel de Judas, obligado por una enfermedad. 
Fueron las últimas palabras que le escuché, pues respondió a nuestra despedida sólo con la sonrisa luminosa. Las últimas las pronunció aquella misma noche, mientras otros enfermos sujetaban a Lorenzo. 
El drama se desarrolló en un instante, pero Lorenzo debió rumiarlo mucho tiempo porque es laborioso desprender un trozo de cemento del alcorque de un árbol, sin herramientas. En el silencio de la madrugada en el dormitorio corrido, débilmente iluminado por una bombilla azul sobre la puerta, Lorenzo se deslizó hasta la cama de Manuel y golpeó una y otra vez brutalmente el cráneo del paralítico con el bloque de cemento. El ruido y los gritos despertaron a los vecinos que sujetaron a 
Lorenzo que vociferaba con la boca espumeante de rabia: ¡maldiiitooo!, ¡maldiitoooo! Los que aterrados se acercaron a Manuel le oyeron decir: «no sabe lo que hace», antes de quedar inconsciente. Hoy le hubiesen salvado en cualquier quirófano de neurocirugía. Murió veinte horas después sin recuperar el conocimiento. 
Le imagino junto a su Amigo, contando cosas de Basilio «el hombre más fuerte del mundo», de Nemesio «el caballo de oro», de Cristobalia, de Don Luis y su dentadura... Siempre que pienso en esto no puedo evitar una pregunta: ¿Le habrá hablado de mí? ¿Qué le habrá dicho?

* Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena, 1979.