- ¡Ey!
- ¡Ah, hola! - Risita nerviosa.
- ¡¿Cómo estás?!
- Estoy bien. - Se sonroja.
- Hacía tiempo que no hablábamos. No quería molestar.
No dice nada, se atusa un poco el pelo enmarañado.
- Me gusta verte así. De buen ánimo.
- ¡Gracias! - Desvía la mirada, sin dejar de sonreír.
- Te veo tranquila.
- Sí, estoy muy bien - Se encoje de hombros, sigue sonriendo, evita el contacto ocular.
- Me alegro de que estés mejor.
- Fue un bachecito, ya sabes. - La risita nerviosa se intensifica, se pone a rascarse la barbilla, que no le pica. Hace ademán de irse, pero se queda.
- De eso se trata, de no quedarse atascada. ¿Verdad?
- ¡Verdad, verdad! - Se mete las manos en los bolsillos y con la punta de la zapatilla empieza a dar golpecitos en el suelo.
- ¿Ya no estás enfadada?
- ¡Qué va! - Niega con la cabeza, con enfásis- Para nada. Al contrario. Al contrario.
- Yo creo que así estás mejor.
- La verdad es que sí - El sonrojo ha ido en aumento, traga saliva.
- Pero eso no quiere decir que no te lo pasaras bien...
Se le escapa uno de sus espontáneos y estridentes ¡JÁ!, y se lleva una mano a la cara, tapándosela.
- ¿Te avergüenzas?
Baja la mano y me mira a los ojos. Sonríe pícaramente, toda roja.
- Ni de coña.
- No tienes por qué arrepentirte.
- No me arrepiento - Esta vez no ha apartado la mirada, sus ojos se han clavado en los míos - Jamás me arrepiento de una locura. Y menos si es de las buenas.
Nos quedamos mirándonos con complicidad, sonriendo. Entonces sus ojos brillan y me susurra:
- Ahora probaré suerte contigo.
Mi corazón se acelera. Nos quedamos obervándonos en silencio, como midiéndonos mutuamente. Tras unos segundos, le digo, animada, cambiando de tema:
- ¡Oye, qué te parece si nos ponemos a dieta?
Su rostro se transforma en una mueca de asco, suelta un bufido. Sale del baño y apaga la luz.
-¡Pero...!
Oigo su voz cantarina y burlona alejarse por el pasillo:
- Hasta lueguiiiiii...