El cuento
El fantasma, que siempre había sido transparente, notó que las manos del vampiro, que aferraban el diario, habían recuperado consistencia. Desde que soltó las riendas, el vampiro se había ido desdibujando. La silueta de la bruja, que dormía junto a la hoguera, era cada vez más definida. El fantasma flotó hasta detenerse frente al vampiro, que estaba más pálido que nunca. El vampiro alzó sus ojos brillantes para caer en los ojos vacíos del fantasma, y por el camino siguió viendo al demonio a través del cuerpo del fantasma y de la llama púrpura.
El demonio era el único que podía leer la mente de todos sus hermanos e influir en ellas. Despertó a la bruja, que se incorporó, soñolienta, y empezó a desperezarse. Luego avivó la llama, sonriendo.
-Entrégamelo - dijo el fantasma, extendiendo el brazo y abriendo la palma de la mano, invisibles.
El vampiro dudó un instante, apretando el cuaderno contra su torso. El fantasma permaneció a la espera, estático. Entonces el vampiro relajó los brazos y el diario cayó en sus manos. Estirando los dos brazos, se lo ofreció al fantasma. El fantasma lo tomó y volvió flotando al puesto que ocupaba.
El vampiro soltó un gran suspiro, aliviado. Pero enseguida se sintió triste por su ineptitud.
El demonio era el único que podía leer la mente de todos sus hermanos e influir en ellas. Despertó a la bruja, que se incorporó, soñolienta, y empezó a desperezarse. Luego avivó la llama, sonriendo.
Para asombro del vampiro, el fantasma abrió el diario y empezó a leer en voz alta. El vampiro hincó la barbilla en sus rodillas, y escuchó.