Taxi libre
Ella estaba en medio de la carretera, en un arcén que había entre los carriles. Llevaba un buen rato esperando. Miraba a un lado y luego al otro, delante y luego detrás. No estaba acostumbrada a llevar tacones, le dolían los pies y se le había acabado el tabaco. Suspiró. Entonces vió a un tipo, preparado para cruzar, que estaba fumando. Hoy los hombres habían vuelto a prestarle atención, pero no invocó a la bruja hasta ese instante. El tío que se aproximaba, mirándole apreciativamente, era un hipopótamo cascao. "Perfecto".
- Disculpa... ¿Me invitarías a un cigarro? - Canturreó la bruja cuando el varón pasó por su lado. Puso voz cristalina y le miró a los ojos.
- ¡Claro, faltaría más! - dijo el varón, sacando la cajetilla de su bolsillo y ofreciéndosela, abierta. La bruja desapareció. Ella extrajo un cigarrillo, se lo llevó a los labios y lo encendió con su propio mechero, ignorando el que él le ofrecía.
- Gracias - dijo Ella, con su voz real.
- No hay de qué. Bueno, y ¿cómo te llamas?
El demonio se materializó al intante.
- PIÉRDETE, PRINGAO - gruñó.
- ¿Perdona?
El demonio se quedó mirando al hipopótamo de forma amenazante.
- Qué te den por culo. ¡Zorra! - dijo finalmente el hipopótamo, dándose la vuelta y marchándose. El demonio observó cómo se alejaba meneando la cabeza. Cuando el hipopótamo llegó a la esquina y desapareció tras ella, el demonio hizo lo propio.
Ella aspiró hondo y luego, largamente, espiró, relajando los músculos y la mente, que se le habían contraído en extremo.
El demonio se acordó del cocodrilo. Así era como salía en su defensa, cuando el cocodrilo no se bastaba a sí mismo para defenderse. Los hipopótamos eran los archienemigos de su hermano.
El vampiro lo había visto todo. Estaba tumbado boca arriba, con las manos cruzadas detrás de la cabeza, su posición preferida. Cuando el demonio hizo de las suyas, se rió para sus adentros, haciendo brincar su diafragma. Su nariz emitió breves soplidos.
Qué sexy le parecía Ella cuando el demonio la poseía.