Una película

Hoy nuestra protagonista ha ido al cine. Hacía muchos años que no entraba en una sala de esas. Se ha arreglado un poco para la ocasión. Se ha puesto el único vestido que tiene que le va. Y unos pendientes largos y grandes. Ambos se los regaló su hermana, que trabaja en una multinacional de ropa, por su cumpleaños, que fue hace, exactamente, dos meses. Había cumplido 41 años. 

No se maquilló ni se peinó, de hecho salió de casa con el cabello sólo secado un poco con la toalla. Se calzó unos botines de tacón bajo y cuadrado y puntera en punta, de color marfil. El diseño del calzado se inspiraba en unas botas de vaquero, y era la segunda vez, en diez años, que pisaban la calle. 

Se metió en el pequeño cuartucho de baño del bar del Antonio, para orinar. Mientras se hallaba sentada en el váter observó las paredes y el techo. ¿Cuánto haría que no entraba un trapo en aquel receptáculo. Trató de calcularlo observando detenidamente a su alrededor. Diez años mínimo. ¿Veinte, tal vez? Gruesas telarañas cargadas de polvo ocupaban las esquinas del techo. Allá donde miraba veía la mugre que se había ido acumulando, capa a capa, año tras año, bajo la piel, más nueva, de suciedad. Decidió que le gustaba el sitio, y le gustaba estar en él. Así que en vez de buscar el paquete de pañuelos en su bolso (el rollo de cartón despojado de papel vivía en el viejo dispensador desde antes que ella en su piso de alquiler, que no se encontraba muy lejos de allí) para secarse y apresurarse por abandonar el lugar, como de seguro hacía toda mujer que se aventuraba en meterse ahí, forzada, sin duda, por una emergencia fisiológica inaplazable, lo que buscó en su bolso fue el paquete de tabaco, del que extrajo un cigarro, y cogió también uno de los muchos mecheros de distintas formas y colores que llevaba, encendió la punta del cilindro, soltó el mechero en el interior del bolso, para que volviera esconderse entre los variados objetos, reposó la espalda contra la puerca tapa superior del váter, y la cabeza contra la pared amarillenta, y respiró hondo con la primera calada, dispuesta a relajarse en esos 2x3 metros de ecosistema favorable. 

Ya había quedado la colilla flotando sobre su orina, la había arrojado entre sus piernas, abriéndolas mucho, pues tenía los muslos rollizos, se había secado, se había subido las bragas, se había puesto de pie y había tirado de la cadena, que ciertamente consistía en una fina cadenita que colgaba desde una cisterna que se hallaba en el techo y sobre la que el polvo se había acumulado en forma de grueso pelaje negro, y se disponía a correr el pestillo, cuando vió a un Gregorio colarse por la rendija de la puerta. Así que decidió quedarse un poco más. Volvió a tomar asiento.

El insecto no tardó en volver a ponerse en movimiento, en cuanto la mujer detuvo el suyo. Esta observó su proceder. Saltaba a la vista que buscaba algo. Alimento, agua y un igual, del sexo opuesto, con el que aparearse. Nuestra protagonista sentía simpatía y curiosidad por todos los seres vivos, principalmente por los animales, especialmente los no humanos. Y, entre estos, el que más estimulaba su interés era la cucaracha. Y no sólo porque le recordaran a ese novelita corta con cuyo desafortunado protagonista tanto había empatizado. Más bien era, pensó, que veía a estos animales de la misma manera en que debió hacerlo el autor. "Asquerosos", diréis. Evidentemente. Pero hay algo más que los caracteriza, algo que sólo se descubre si se los observa atentamente durante un buen rato. No desvelaré de qué se trata, así la próxima vez que os topéis con uno tal vez no vayáis diréctamente a por la escoba. (¿O eres de los que las pisan? Siempre he pensado que para hacer eso hay que ser especial, aunque no tengo claro en qué radica esa originalidad más allá de hacerte capaz de aplastar ese caparazón duro hasta romperlo y que el líquido se desparrame pringando tu zapato). Nuestra protagonista se sentía identificada con estos insectos en particular, cuando los veía como en ese momento: un único individuo, impulsado por su instinto, en busca de saciar sus necesidades. Una vez hubo vuelto a constatar su teoría sobre las cualidades de este animal, agarró el bajo de su vestido largo con una mano y abandonó el cuartito pasándole por encima, con cuidado. El cuidado era mitad amparo y mitad celo.

A unos metros del bar del Antonio, cuesta abajo, había un árbol, más muerto que vivo, con la clásica cavidad en el centro del tronco. Un atardecer estival, nuestra protagonista descubrió que ese árbol era el hogar de una horda de cucarachas. Se percató de ello porque vió sus larguísimas antenas asomando por los bordes del agujero. Este detalle sólo podía captarse si, como ella, te detenías frente al árbol para observarlo detenidamente. Pese a la repulsión, se acercó para ver mejor aquellos apéndices fascinantes que se rozaban entre sí y palpaban el aire. Al anochecer los insectos abandonaban su refugio y se dispersaban por los alrededores. Uno de los objetivos recurrentes era el bar del Antonil. ¿Cuántas generaciones de cucarachas habría albergado ya aquel árbol?, se preguntó en aquel momento. 

Hay algo, además de las antenas, el exoesqueleto, el instinto y todo lo demás, en lo que las cucharachas y yo no nos parecemos. Está bien, diré de qué se trata, dado que es necesario para poder seguir adelante con este pensamiento que voy deshilachando. Y es lo mismo por lo que me identifico con ellas. ¿En qué quedamos?- me diréis- ¿te identificas con ellas o no? ¿y cómo va a ser lo mismo por lo que identificas que por lo que no te identificas? Pues es tal cual así, no me contradigo, no en este caso. Otra cosa es que podáis comprenderlo.

Las cucarachas son seres de una audacia y sagacidad admirables. Son así desde que rompen el huevo, lo llevan en los genes. Al ser humana, a mí me moldearon y definieron otros factores a los que estuve expuesta desde que nací. En 1958 el psicoanalista John Bowlby publicó un estudio titulado Apego, Separación y Pérdida, donde desarrolló la denominada y archiconocida Teoría del Apego.

Dividió el apego, es decir, el vinculo afectivo entre padres e hijos, en cinco subtipos: Seguro, ansioso, ambivalente, evitativo y desorganizado:

Patrón
de apego
NiñoCuidador
SeguroUtiliza el cuidador como una base segura para la exploración. Protesta con la separación, busca proximidad y es tranquilizado, por lo que puede volver a la exploración. Puede ser consolado por extraños, pero muestra preferencia por su cuidador.Reacciona de forma apropiada, rápida y consistente a las necesidades del niño.
AnsiosoIncapaz de hacer frente a las ausencias del cuidador. Busca garantías constantemente. Se muestra dependiente con extraños.Excesivamente protector. No puede permitir la toma de riesgos, obstaculizando el desarrollo de la independencia del niño.
Ambivalente/ResistenteNo puede utilizar al cuidador como base segura, buscando proximidad antes y después de la separación. Desea contacto con el cuidador pero desconfía cuando lo obtiene. No halla alivio con extraños. Siempre se siente ansioso pues la disponibilidad y respuesta del cuidador nunca es consistente.Inconsistente entre las respuestas apropiadas y negligentes. Por lo general reacciona sólo después del aumento de emotividad en la conducta del niño.
EvitativoPoco intercambio afectivo en el juego. Poca o ninguna irritación con la salida, poca o ninguna alegría al volver,. Ignora o se aleja, no realiza ningún esfuerzo para mantener el contacto. Trata al extraño de manera similar al cuidador. Siente que no hay apego.Frialdad emocional. Pequeña o nula reacción ante la irritación o el llanto del niño. 
DesorganizadoConfusión. Esterotipias. Comportamiento contradictorio. Comportamiento asustado o intimidante, intrusión, retiro, negatividad, confusión de roles, graves errores de comunicación afectiva, maltrato físico y/o psicológico. 

No entraré a valorar a qué categoría corresponde las dos fuentes de apego que le tocaron en suerte, baste con decir que no fue seguro por ninguna de las dos partes. Si le sumáis la genética heredada, podréis haceros una idea del intenso aroma, sabor y consistencia del caldo donde se guisó vuestra servidora. Hoy ha estado a punto de no comprarse palomitas porque sabe que hay a quién esta tradición exportada de Estados Unidos le parece una aberración. Y es que tiene un don para no dejar de pensar ni por un instante en que cualquier cosa que pueda decir o hacer, o no decir o no hacer, le parecerá fatal a alguien. 

Cuando era niña aprendió que había tres posibles reacciones a cualquier cosa que hiciera, desde la forma de caminar, o de coger un tenedor, hasta el modo (o el hecho, no lo sabía) de expresar una idea o una emoción. Sus padres, por suerte, estaban divorciados. Una de las posibles reacciones, la menos común, era de admiración entusiasta. Otra, en casa de la madre, era que no sucediese absolutamente nada, como si su existencia fuera una mera imaginación suya, como si fuese un fantasma, imperceptible, en casa ajena. Y la tercera, la más habitual y siempre a punto de suceder, consistía en una detonación de furia y consternación, seguida de sarcasmo y rematada por la invariable sentencia: Pareces tonta. Hubiera sido mejor para nuestra protagonista, está segura, si el verbo hubiera sido más contundente, aunque conllevara mayor dureza. Es mejor ser cualquier cosa que parecerlo. Así que por un lado le daba miedo quedarse callada, no fuera a desaparecer del mundo quedándose atrapada en un limbo sobrecogedor, y por el otro temía hasta respirar, pues parecía ser que incluso las cosas más básicas las hacía rematadamente mal. Se suele decir que hay personas positivas y negativas, optimistas y pesimistas. A veces se asocia el optimismo y positivismo a la emoción, y el pesimismo y la negatividad a la razón. Y a veces justo al contrario. Su madre era irracional y fría. Su padre, racional y explosivo. Y a lo largo de su vida había podido comprobar en innumerables ocasionales, los demás y en sí misma, que aquello no cuadraba. No, era otra cosa. Lo que más distinguía a las personas era su tendencia hacia la realidad o hacia la fantasía.  

Por suerte estaba la calle. En la calle era. En la calle tanteaba el terreno, se ponía a prueba y se desfogaba. Y sobre todo decía y hacía aquello que sabía que en su casa causaría un escándalo descomunal que le haría preferir no haber nacido. De no haber sido por eso, por eso y por su pareja, hoy no estaría escribiendo. Eso sí, le ha llevado 41 años conseguirlo. No hace más de tres meses que ya no se queda escuchando desde el umbral de la puerta de su casa, para asegurarse de que no baje o suba ningún vecino, antes de atreverse a cerrar el acceso a su encondite a sus espaldas. Y sigue poniéndose roja con tan solo saludar a cualquiera. 

Hay algo que es aún peor que un miedo y una vergüenza inconcebibles mantengan a un individuo subyugado, año, tras año, tras año... Y es la envidia. Ese veneno ha circulado por el sistema venoso de nuestra protagonista durante toda su existencia. Lo penoso que resulta sobrevivir en tales condiciones no puede imaginarlo quien no lo haya vivido. No tener derecho a hablar, no tener derecho actuar, no tener derecho a quedarse quieto, no tener derecho a pensar, a sentir, ni a no hacerlo. No tener derecho a aprender. No tener derecho a equivocarse. No tener derecho a amar, ni a ser amado. No tener derecho a disfrutar. No tener derecho a existir. Cada risa escapada, cada sonrisa encerrada, cada lágrima, cada silencio, cada palabra, cada gesto, cada recuerdo, cada fantasía, cada deseo, y todo el miedo, conducen, inexorablemente, al infierno. No hay perdón que valga.   

Nuestra protagonista lleva, desde que tiene uso de razón, preguntándose qué pinta ella, entonces, en este mundo. El porqué es evidente, su madre quedó embarazada. Lo que faltado, en este caso, es un para qué. Su concepción no tuvo propósito. No respondió a ninguna intencionalidad. No hubo necesidad ni deseo. Simplemente pasó, y el engendro pudo formarse y luego nacer porque la madre decidió que así fuera, contraviniendo los deseos del padre. A la madre le gusta ser cómo es y poseer cosas. No se dió cuenta de que no era un clon ni una cosa lo que venía en camino. Y eso que ya se había llevado esa decepción antes, con el hermano de nuestra protagonista. Debió pensar que esta vez tendría éxito.

No vaya a pensar el lector (sí, he dejado de tutearle) que pretendo decir que los padres de la protagonista no la quieren. Tampoco imagine que no mantiene relación con ellos. Con la madre, tengo que reconocerlo, no tiene mucho contacto. Su madre es como un fantasma, pero este vive en su propia casa, una casa armoniosamente decorada, con detalles bellos aquí y allá. Para él los fantasmas son los que están fuera. Muy de vez en cuando se pasa a visitarlo. Trata de dialogar un poco con él, pero el fantasma no le escucha ni le mira, está entregado a su enérgico e indignado monólogo, de contenido invariable (todas las personas que conoce son estúpidas y ruines, a diferencia de él, que de tan cabal que es, no ha cometido un solo error en su vida) y se pone a dar portazos, cambia de canal compulsivamente (tampoco mira ni escucha la tele), luego pone música, a todo volumen, y aunque la música sea hermosa, que lo es, su rabia no se aplaca, al contrario, sigue en aumento, y se le ha vuelto a quemar la comida, y le lanza preguntas retóricas bien afiladas, hasta que por fin consigue echarla, reprochándole que se vaya y que no vaya a volver hasta a saber cuándo. La palabra clave vuelve a surgir en cada ocasión, en cada encuentro. Monstruo. Le dan ganas de mirar por un agujerito al interior del fantasma. Para saber si, cuando está solo, está bien, como siempre le dice que se siente consigo mismo. Al fantasma le enfurecen los demás, pero en su casa vive solo y rodeado de las cosas que le gustan. Y ella se da cuenta, siempre lo ha hecho, de que esas cosas no reflejan oscuridad, si no delicadeza. Por tanto, o bien el fantasma es feliz, verdaderamente, mientras permanece aislado, o bien trata de asimilar la esencia tranquila y luminosa de la que se rodea. Ella desea que sea lo primero. Si de los discursos de ambos progenitores extrajeramos un algoritmo de una sola palabra y las combináramos, el resultado sería monstruo tonto.

Tampoco deduzcan que la protagonista no quiere a sus padres o no ve cualidades positivas en ellos o no sabe reconocer el esfuerzo y la dedicación que hubo tras su crianza. Sus padres lo hicieron lo mejor que supieron. A día de hoy, siguen sin saber más, o distinto. Pero eso no quita que hacen lo que pueden con lo que tienen. Con lo que son y con lo que soy. Sí, acabo de pasar de la tercera a la primera persona. Es lo que requiere el bordado llegados a este punto. No se sorprendan si cambio de material o de técnica. ¿Y qué prenda es, para qué sirve?, me preguntarán. No tengo ni idea. No le veo forma de nada, por ahora. La cuestión es que ya ni siquiera me pregunto: ¿Acaso no podrían esforzarse un poquitín en comportarse mejor? He aceptado lo que hubo, lo que hay y lo que sea que vendrá, en este sentido. Ahora le veo las ventajas. Y no seré yo quien se ponga crítica. Prefiero no ser crítica ya. Lo he sido en extremo. De tal palo, tal astilla. Así que ahora cuando pienso en mis padres y en mí misma me digo que somos como somos, como todo el mundo. No deja de ser un resumen veraz.

Es curioso como uno escoge fuentes calientes para beber mientras trata de alejarse del infierno. Evita, intencionadamente, el agua fresca, excepto cuando está apunto de morir sofocado. Uno sigue siendo un lactante y todos sabemos que el hábito es más poderoso que el sentido común. Busqué la misma leche por más que sabía que no me nutriría y me enfermaría. Y siempre ensucié el agua fresca antes de tragarla. Para que se me pareciera al contenido de mi biberón, aunque no se pareciera. 

41 años y todo lo que tengo es mi emotividad a flor de piel. Ningún significado, ninguna respuesta. He pasado la mayor parte de mi vida siendo una taimada y solitaria cucaracha. A los ojos, igual de escurridiza, igual de horripilante, igual de inquieta. Yo no he vivido una vida, me he movido por instinto y he abierto dos agujeros, uno en el techo y otro en el suelo, y guiándome por mis antenas por ahí he intentado escaparme, para resbalar en el tejado o hundirme en la fosa séptica que rodea mis cimientos. He pasado mucho tiempo oculta, dentro de casa. Y detrás de las paredes de casas ajenas. Y cuando salgo a la naturaleza, me voy ocultando debajo de las piedras, dentro de los troncos huecos. Ya que mencionamos los troncos, resulta que se componen de dos partes, la interna y la externa. La externa está viva. Está compuesta por tejidos activos que se encargan de transportar el agua, los minerales y los nutrientes por el árbol. La parte interior, el duramen, está formada por células muertas, pero es fundamental para mantener el soporte estructural. Doy fé, se puede estar muerto por dentro y perdurar. No hace falta estar vivo más que por fuera.

Para lograrlo basta con mantener un equilibrio precario. Lo más sencillo es quedarse lo más quieto posible. Pero resulta imposible permanecer así por mucho tiempo, pues no hay suelo sino cuerda, y hay viento, y hay vértigo, y hay cansancio, y atrofia, y aburrimiento. Cuando me muevo, lo hago bruscamente. Mis brazos, como manecillas de un reloj, apuntan al Ello o al Superyó. Siempre había una aguja sobre el Ello. A veces las dos. Y no, no había nada intermedio. 

Cada maniobra de evasión y cada intento de abordaje fueron juzgados sin misericordia. Cada botín conseguido (fueron pocos y alcanzados por medio de trampismos), arrancado de las manos y obligado a ser enterrado. Me he criticado y castigado por cada segundo de existencia. Sólo he conseguido conservar una cosa. No podía permitirme más que una. Por suerte, logré quedarme con lo más valioso. Mi mortificación ha estado lo mejor acompañada posible.
 
Hace unos tres meses, algo cambió, que lo cambió todo. Me cayó encima un rayo. Pero no me mató. Al contrario. Noté que mi caparazón estaba suelto, se había despegado del pegajoso líquido interior. Al principio me asusté pero luego ví que mi supervivencia no parecía estar comprometida. En seguida pude comprobar que podía corretear más rápido, era más fuerte, trepaba mejor, era más flexible, menos dura, más valiente, y pese a que de repente ya no necesitaba comer, no cesaba de buscar algo. Mis antenas se habían vuelto más sensibles. Disfrutaba de una hata entonces desconocida amplitud y complejidad de movimientos. Así que cuando estuve segura de que podía lanzarme hacia aquella cocina, no lo dudé. Era algo que tenía pendiente desde hacía mucho, mucho tiempo. Algo que me había estado torturando, día a día, año tras año. Y lo que hice fue arrancarme el caparazón ante sus ojos. Sabía que recibiría una valoración crítica, era lo que había ido a buscar. Una nota. Objetividad. Para poder hacerse una idea de cuán desencaminada se hallaba. P 

Y saqué un cinco. Y diréis, pues vaya mierda. De eso nada. Yo ni siquiera sacaba ceros. Yo no estaba matriculada. Yo os veo hablar y proceder tan adecuadamente y me pregunto, una y otra vez, cómo lo hacéis, y cómo osáis, y cómo soportáis el revuelo que se arma. Y por qué yo no poseo tal habilidad, si es tan común. Obviamente, leyéndome ahora no lo parece. Pero yo era casi una inepta total. Estaba podrida desde la piel hasta el hueso. Un cinco para mí es mucho, mucho más, de lo que un diez podría ser para cualquiera de vosotros. Un cinco es cuanto necesitaba. Me colé dentro, me presenté al exámen y ahora resulta que voy a quedarme, dentro. Quién me lo iba a decir. No, no lo podéis comprender. Ni falta que hace.

La película escogida es la adaptación de una novela de ciencia ficción publicada en 2021. Un bestseller. Se compró el libro (la cámara vuelve a situarse tras la protagonista) tras leer la recomendación en un blog de literatura de aventuras, terror, fantasía y ciencia ficción que conocía. El autor tenía gustos similares a los suyos. Coincidían en sus autores favoritos: Lem, Clarke, Asimov, Henlei, Huxley, Dick, Wilson, Bradbury, Simak, Card, Strugatskis, Herbert, Anderson, Verne, Wells, Burroughs, Poe, Lovecraft, Borges, Maupassant, Mathenson... Así que se fiaba del criterio de aquel desconocido. Y recomendaba dos novelas de cierto autor, dos novelas que se había vendido como churros, y las recomendaba a pesar de su indiscutible ligereza, de su rotunda sencillez. Ligereza y sencillez era justo que lo necesitaba, pensó. Lo único que iba a ser capaz de soportar. He pasado (volvemos a cambiar de plano) muchos años de mi vida sin leer ni una línea, yo que devoraba libro tras libro en la adolescencia. No podía leer del mismo modo que no podía seguir escuchar música. Hacerlo hubiera activado engranajes que debían permanecer inmóviles hasta oxidarse. Así lo había decidido.

Sigamos, cambio de enfoque. Se compró los dos libros y los leyó rápidamente. El primero, al principio, no le gustaba nada, pero siguió leyendo porque lo había recomendado aquel tipo. Finalmente le encontró un leve y pasajero sabor agradable, con escasos, pero presentes, dos o tres momentos de placer. Así que empezó el segundo. Y pensó: otra vez lo mismo, exactamente igual. El protagonista se encuentra en una situación muy similar, solo, sin posibilidad de recibir ayuda, y posee una personalidad y unas habilidades sumamente parecidas a la de la historia anterior. Y no son el mismo. Pues vaya mierda. Pero siguió leyendo porque, bueno, por algún motivo le habría gustado a aquel tipo. Y entonces la historia dió un giro de tuerca esencial. Y es que, en este caso, entra un coprotagonista en escena. Y este coprotagonista en cuestión, a la protagonista le resultó tremendamente familiar, pese a tratarse de un extraterrestre. Tenía un carácter extraordinariamente parecido al de su amiga del alma. Y, como le sucede con el protagonista del libro, su propio carácter no podía ser más distinto. De hecho, la manera que tienen de procesar la información y de comunicarse es, casi sin excepción, radicalmente opuesta. 

Había pasado como medio año desde que terminara de leerlo. Se lo recomendó a su pareja, sin insistir. Éste decidió leerlo, sin saber muy bien por qué, pues su excepticismo era máximo. Le gustó. <<No está mal.>>, comentaron. Cada vez que se acordaban de él, de tanto en tanto, la valoración mejoraba. <<Está chulo>> .<<Es divertido>>. <<La verdad es que mola, dentro de lo sencillito que es, claro está.>> . Ambos coincidían que lo que le otorgaba esa gracia a la novela era la relación entre coprotagonista y protagonista. Pasaron unos meses. Y entonces llegamos a cuando me alcanzó el rayo (ey, hola de nuevo). 

Tenía varias cosas pendientes que me torturaban a diario. Así que no sólo me presenté a aquel exámen, también me apresuré en buscar a mi amiga del alma de ojos azules, pues deseaba retomar aquella amistad tan especial a la que en su día renucié por no verme ni sentirme capaz de sostenerla. Pero antes de escribirle volvió a la misma librería y volvió a comprar el libro. Y con su caligrafía escribió (necesito espacio) esta breve dedicatoria: Para mi Rocky.

Hace poco estrenaron la peli en el cine. No pensábamos ir a verla. Somos unos ermitaños a los que el contacto humano colma de ansiedad. Y de ansiedad, precisamente, andamos sobrados últimamente. Pero antes de ayer, a última hora, salió el tema del libro nuevamente. Y eso nos llevó a la peli, que resiste en cartelera semana tras semana. Ha sido un éxito, y el boca a boca ha hecho que muchos que no hayan leído el libro, ni piensen leerlo, hayan acudido a visionarla. No me entretendré en valorar la película, es a otra cosa a lo que voy y ya tengo prisa por acabar. Ha amanecido y me duele la rabadilla. Llegado cierto momento, la protagonista empezó a llorar, al principio muy tímidamente. No tanto por lo que sucede en pantalla sino por su propio pensamiento, que seguía hablándole incansablemente, pese a que el suelo había absorvido toda la energía sobrante de la descarga eléctrica. Se acuesta pensando y le despierta el sonido de su pensamiento. Le escuche o no, sigue hablando. Su cuerpo se halla debilitado, exhausto, y la imaginación ya no le abduce, pero el pensamiento permanece. No va a salto de mata, es continuo, da grandes rodeos, avanzando tras retroceder por caminos distintos a los ya transitados. 

Ella escucha lo que la voz le desvela. Escribe y, sin corregir, le da a publicar. Aprendió este truco hace poco. Le funcionó para arrancarse el caparazón de un tirón. Por si solo no se habría desprendido nunca y no podría haber soportado la vergüenza de hacerlo poco a poco. Además de no pararse a pensar, para evadir la censura de su propio perfeccionismo, era fundamental darle a publicar antes de continuar o pasar a otra cosa. ¿Y por qué no te esperas y lo vas puliendo y lo publicas una vez esté como tiene que estar?, preguntaréis. En primer lugar, yo no soy escritora, sólo escribo. Igual que si dibujo un monigote en un pedazo de papel no me convierto en dibujante. Esto sólo es un diario. Cualquiera puede tener el suyo, si lo desea. Yo me he dedicado, principalmente, a pasar el soplete sobre mi cerebro para eliminar cualquier hierbajo que pudiera crecer. Alguna vez me permití una flor aislada, y hasta la regué, pero luego la chamusqué. Lo único que no logro quemar son las raíces. Por otro lado, mi pensamiento no tiene un objetivo marcado. Va decidiendo qué dirección tomar sobre la marcha. No sabe a dónde se dirige, no le interesa llegar a algún lado, sabe orientarse y con eso le basta. Por tanto lo que importa no es dónde, ni cuándo, si no cuánto, cómo y porqué. Y no dejar de mutar, pero ahora hay una coherencia. Es lo más fascinante. Cómo cambia el camino según se mire. Ya no son cuestas que suben y que bajan, verticalmente. Al inicio de cada nueva idea, esta se presenta empinada. Pero ahora encuentra senderos alternativos, suaves y ondulantes, con sombras y fuentes frescas. Es un placer pasear. Es un placer retroceder. Cuando escribe plasma caminos que discurren paralelos y cómo los recorre en direcciones opuestas. Todos son válidos. Cuando más insiste en recorrer un determinado lugar, rodeándolo, más formas descubre de llegar al centro. Publicar, además, conlleva que no pueda, simplemente, olvidar lo que ha pensado, al contrario, nada más darle al botón el pensamiento empezaba a rumiar en qué faltaría por añadir, qué habría que borrar. Modificaba los textos constantemente. Lo mismo los ampliaba, que los reducía, no temía añadir palabras ni borrarlas ni sustituirlas por otras, matizaba incesantemente, sacando a su pensamiento de cada derrotero que iba a parar, devolviéndolo al camino. Lo único que le falta, y anhela, es poder detenerse a descansar. 

Debajo del caparazón no había otra cucaracha, como era de esperar. Había una persona. Al principio su piel era muy fragil. Demasiado frágil. Así que tras la traumática metamorfosis, se quedó quieta. Ha estado bombeando pensamiento hacia la punta de cada dedo, de cada cabello. Lo que le sucedió en la sala de cine, el motivo por el que no pudo dejar de llorar, la causa de tanta debilidad, fue que nunca había albergado tanta vitalidad.

Su amiga encarnaba el razocinio y ella la intuición emocional. Hacía poco se había dicho lo siguiente: 

Creo que por fin lo entiendo un poco. La mayoría de personas lo empieza a entender ya en la infancia. De sus padres, si no son demasiado protectores y complacientes, de los otros niños, sobre todo de los que no son sus amigos. De los adultos, sobre todo de aquellos que no son particularmente amables ni accesibles. Pero bueno, sólo era una niña. Pude haberlo entendido en el instituto, al menos, de cara al final. Pude haberlo deducido del rechazo de mis compañeros, de las pocas amistades que tuve y de cómo fracasaron. Algunos de mis profesores trató de hacérmelo ver, pero yo no lo ví. Y tampoco lo ví después. Lo entendí todo al revés. Aquel día que fuí a hablar con el profe de literatura y me habló con afecto y simpatía, y trató de animarme a hacer cosas, yo sentí, una vez más, que no era comprendida. Yo creía que necesitaba que me comprendieran. Más adelante pensé que necesitaba ser comprensiva con quienes no podían comprenderme. Luego me dí cuenta de que nadie podría comprenderme. Después pensé que también debía ser comprensiva con aquellos a quienes yo no comprendía. Pero no les comprendía. Y por último, que debía comprender mi necesidad de comprensión.   

Comprender

  1. Abrazar, ceñir o rodear por todas partes algo.
  2. Contener o incluir en algo
  3. Encontrar justificados o naturales los actos o sentimientos. 


Lo que no aprendí es que no es comprensión lo que me hace falta. Lo que nunca comprendí, hasta hoy, es que el único modo de encajar en el mundo es entendiendo.

Entender

  1. Tener idea clara de las cosas.
  2. Saber con perfección algo.
  3. Conocer.
  4. Captar el ánimo o la intención de alguien.
  5. Discurrir, inferir, deducir.
  6. Tener intención o mostrar voluntad de hacer algo.
  7. Creer, pensar, juzgar
  8. Tener amplio conocimiento y experiencia en una materia determinada
  9. Ocuparse en algo
  10. Tener facultad o jurisdicción para conocer de materia determinada
  11. Saber manejar o disponer algo para algún fin
  12. Avenirse con alguien para tratar determinados proyectos.


Ahora lo entiendo. La comprensión es para los niños. Lo que hay que hacer en esta vida para prosperar de algún modo es entender esto. Y a partir de ahí, seguir entendiendo. Entendiendo que no se trata de comprender ni de ser comprendido. Entendiendo cómo funciona el mundo. Entendiendo que la comprensión puede ser la mayor enemiga del entendimiento. Si no lo entiendes, estás fuera. Y es conveniente entender que es mejor estar dentro, pese a todo. 

Había sacado un suficiente. La valoración había sido: "aceptable". Al princio me dolió pero ahora entiendo que no era un adjetivo duro. Aceptable es aquello que reúne los requisitos indispensables para considerarse válido o capaz. Aquello que es, por los pelos, digno de ser aceptado. Dicho por alguien que supo aprender, alguien que sabe que la comprensión no ayudará, porque aquel que no entiende, seguirá perdido, de alguien que ni siquiera ha entendido por qué es necesario entender, y piensa que pese a todo tiene su comprensión y con esta podrá comprenderlo todo, no es una crítica severa, lo que es, es una mentira piadosa. Ahora entiendo por qué mi tutor dijo el otro día, cuando le mencionaron mi nombre, que yo era uno de sus mayores fracasos profesionales. Todos estos años no he entendido nada porque únicamente he tratado de comprender sin entender. La comprensión no funciona ni hacia dentro ni hacia fuera. El entendimiento sí. De hecho, cuanta menos comprensión se trate de aplicar en el entendimiento, mejor funcionará este. En este instante, pienso en mi familia, en mis amigos, en los que no lo fueron, en los que se marcharon, y al fin, entiendo. Entiendo por qué son como son y no como yo querría que fueran. Entiendo donde está el error que ha atravesado, que ha partido por la mitad toda mi vida. Está en mí. Soy yo la que no entendió, la que no entiende. La que nunca entenderá. Por eso he estado evitando a los que son como yo, pese a comprenderlos mejor. Porque entendí lo que son. Pero no quise... no pude... aceptarlo, hasta hoy. Por fin lo entiendo. Ojalá lo hubiera aprendido, a tiempo. Todo el mundo intentó que entendiera. Pero yo... Da lo mismo, el motivo da lo mismo. Ahora me doy cuenta de mi monstruosa idiotez. Mi padre tenía razón cuando me dijo que era gilipollas. Mi madre tenía razón cada vez que me decía "sigue así, que vas bien". Mis compañeros de instituto, mis amigos, mis compañeros de trabajo, todos... todos pueden verlo, y es lo que ven cuando me observan, es lo que oyen cuando me escuchan, es lo que adivinan cuando desaparezco: el error, este error de base, este error definitivo, que hay en mí. Yo no lo entendía. ¿Aceptable? ¿Cómo? ¿Cómo aceptar ser un lastre hasta para uno mismo? No, no es aceptable. Es lo que hay, y lo que va a haber. Comprenderlo o no no cambiará nada. Aceptarlo tampoco. Haga lo que haga, diga lo que diga, siempre seré y habré sido, esto. Por eso me dijo que no se puede cambiar, que es imposible. Vosotros estáis dentro, ahí dentro, entendiendo. Entiendo por qué necesitáis mi silencio. Y lo tendréis. Es lo menos, y lo más, que puedo hacer por vosotros. Por fin os entiendo. Y por fin he aprendido. Supongo que esperaba alcanzar otra conclusión. Más amable. Más divertida. Más tierna. Más loca. Algo parecido a mí. Algo como un viaje psicodélico o un juego infantil. Pero si la vida se sostiene es precisamente porque no es así, no puede serlo, no debe. Mi vida no se parece a la vida. Mi realidad no es real. 

Fuera

1 . A la parte o en la parte exterior de algo
2 .Conjugación del pretérito imperfecto de subjuntivo de los verbos ser e ir.

Ahora que lo entiendo, no espero ni deseo más comprensión. Si uno pudiera cambiar, me apuntaría a la idea de la reencarnación, para tratar de corregir este larguísimo e inmenso ridículo. Pero como no es posible, me quedo con la idea que ya tenía, de que con una sola vida es más que suficiente, y que será un alivio abandonarla cuando llegue el momento. La comprensión es un imposible que se agota antes que la propia vida. Sólo para entender hace falta más de una vida.

Y la voz me respondió: Tienes razón en lo que dices. Tienes un alma bella de difícil encaje.

Sólo en parte, voz, alma, sólo en parte. Sólo si se mira desde cierto punto de vista. Ya no miraba la película, las lágrimas no lo hubieran permitido, y de todas formas estaba ocupada viendo otra cosa. Decidió que llevaría a su amiga, que no había empezado el libro, al mismo cine del barrio de Gracia, también al anochecer, un día de estos, antes de que la quitaran de cartelera, a ver si ella también veía un parecido entre los protagonistas y ellas, y así tendría ocasión de ver la segunda mitad. Su amiga y ella se conocieron hace una década años pero sólo ahora empezaban a entenderse, aunque lo hacían a las mil maravillas. La armonía no es posible, pero la lealtad sí, cuando se comparte la misma necesidad, pero sólo allí donde la curiosidad, la gentileza y la esperanza prevalecen. La piel estaba lista, podía sentirlo.

Se desabrochó el cinturón, que se lo había abrochado recientemente (a veces se lo quitaba, cuando el coche aceleraba, ¿o sucedía en el sentido inverso?) y pasó al asiento del conductor, que se hallaba desocupado. Desconectó el piloto automático. 41 años después de llegar al mundo, agarraba el volante. Colocó los pies sobre los pedales. Había llegado el momento. 

Lo primero que voy a hacer, antes de probar las marchas, es pisar el freno, lentamente. 

Mi objetivo es seguir palpando, comprendiendo, con mis antenas. Las conservo. También entrenar un poco mi intelecto. Y, sobre todo, divertirme. Pasarlo bien. Hacer el payaso. Reír. Sin azotarme luego.

Vale, alma, estamos preparadas. Vamos allá. <> La máquina del tiempo, de H. G. Wells.