El cielo y el mar
La bruja recorrió la playa hasta llegar al extremo donde se hallaba el vampiro, contemplando el mar con los pies hundidos en la orilla. El mar se le acercaba y se alejaba de él, una y otra vez, mojándole. La bruja se situó a su lado y permaneció en silencio.
- El mar es tan tranquilo - dijo el vampiro.
La bruja miró las olas que rompían contra las rocas, cerca de ellos. El vampiro también las miró. Luego volvió a concentrar su mirada en el mar extendido que tenía delante.
Al cabo de unos minutos la bruja dijo:
- También lo echo de menos.
El vampiro no apartó su mirada del vasto paisaje.
-¿A cuál de ellos?
Sintieron que el mar quería arrastrarles con él al tiempo que se resistía a hacerlo.
- Añoro la intimidad.
Siguieron mirando la superficie acuática en continuo movimiento. El cielo estaba nublado, las nubes, densas y oscuras, no se movían.
- La intimidad es un espejismo.
La masa de agua se elevaba y descendía.
- Y qué más da.
Entonces las lágrimas asaltaron los ojos del vampiro, que abrió la boca para respirar. Miró a la bruja. Pero ella le ignoró. El océano había capturado su atención, haciendo que se olvidara de lo que acaba de decir. Su espíritu se expandió hasta deshacerse en el aire. Al alma del vampiro le pasó lo contrario. Se contrajo tanto que habría hecho falta un microscopio para observarla.
- Tenemos que abandonar la playa cuanto antes. Volver al camino. - Dijo el fantasma, inquietándose.
- Aún no. - indicó el demonio.