La bruja y el vampiro
Estaba el vampiro sentado en la playa, con las piernas dobladas hacia dentro, formando un círculo, dentro del cual trazaba una espiral, con un palo.
La marcha del cocodrilo había dejado al vampiro sin el apoyo y la guía paternal que tanto necesitaba. En realidad todos eran hermanos, de la misma madre y del mismo padre, y tenían la misma edad, más o menos, aunque no sabían con exactitud cuál era. Con la bruja, el cocodriló actuó de otra manera. En vez de alejarse, se acercó. El duro y viejo cocodrilo era manso y protector. Pero hubo un tiempo, cuando eran jóvenes, en que la bruja y él rivalizaban por las presas. El cocodrilo las arrastraba bajo el agua, para ahogarlas, zarandeándolas brutalmente, y entonces la bruja las pescaba por un pie, las depositaba en la orilla del río, a salvo del cocodrilo, y se sentaba sobre ellas. Con sus caricias y entrega sobrenaturales, confundía aún más a las víctimas. Y luego desaparecía, dejándolas nuevamente a merced del cocodrilo. Pero ya hacía mucho que el cocodrilo únicamente se alimentaba de plantas, y la bruja decía que se había jubilado.
Cuando le contaron que el cocodrilo se había marchado, el joven vampiro se quedó consternado. ¿Qué podía ser más importante para el cocodrilo que proteger al grupo? ¿Cómo podía ser que hubiera decidido irse precisamente cuando el demonió le obligó a soltar las riendas? ¿Por qué el cocodrilo no volvió a ocupar su puesto? El vampiro no dejaba de darle vueltas a aquella cuestión, mientras terminaba de dibujar la espiral, que se había prolongado de dentro hacia fuera. Empezó a repasar el camino en dirección inversa.
No le dejaron ir en busca del cocodrilo, pese a que era mucho más rápido que él, y más ahora, que sabía volar.
- ¿Pero cuánto tiempo va a tardar en volver?
- El que haga falta - Contestó el demonio, al que nadie esperaba oír hablar en ese momento, y menos tan sosegadamente.
Se hizo el silencio. El vampiro pensó que el demonio había cambiado mucho, últimamente. Y entonces se dió cuenta de que todos lo habían hecho. "Sobre todo yo".
No supo si sentirse orgullo o culpable. Ya había tenido la oportunidad de cumplir con su cometido antes, hacía mucho tiempo. Y lo hizo tan rematadamente mal en cada una de las ocasiones... Se lo pusieron a huevo, la primera vez, tanto que se asustó. Sólo tenía que dejarse llevar, pero se quedó petrificado y después la rechazó. En la segunda conyuntura, la hembra humana le había lanzado señales sugerentes. La situación requería que está vez él tomase la iniciativa, pero era una diablesa y el vampiro se escabulló. Para compensarlo, hizo aquello. "Dios, fue terrible". El vampiro se estremeció, asqueado y arrepentido. Afortunadamente nadie comentó nada al respecto, ni entonces ni después, ni siquiera el demonio. "Y eso que por aquel entonces el demonio..."
Luego conoció a aquella vampira, y se encaprichó de ella. Era aún más tímida y débil que él. "No me dejaron intentarlo", pensó, enfureciéndose repentinamente. Agarró el palo con el puño cerrado, lo clavó en la tierra húmeda del fondo y tiró de él, arrastrándolo hacia si, partiendo la espiral por la mitad. Recordó cómo tomaron la decisión de poner tierra de por medio, en contra de su voluntad. Dijeron que no era por ella, que debían marcharse. Pero el vampiro sabía, en su fuero interno, que su gestión era motivo que estaba detrás de aquella drástica decisión. Empezó a mover el palo violentamente, con dificultad y cabezonería, hacia arriba y hacia abajo, tachando la espiral, mezclando la arena húmeda del fondo con la seca y caliente de la superficie. Le habían permitido seguir jugando como si fuera un niño, exonerándole de cualquier obligación.
Y, a parte, estaba aquel recuerdo, extraño como un sueño, que no lograba ubicar en el tiempo. Cuando conoció a Hanako por primera vez. El cocodrilo pensó que era otro ñú herido, su especialidad, y trató cuidar de él. Pero cuando Hanako, que permanecía oculta, escondida dentro de sí misma, asomó la nariz, y olfateó, el cocodrilo se sorprendió, y llamó a la bruja, pensando que sería la más indicada para manejar aquel asunto. Pero cuando lo Hanako asomó la cara, la bruja le invocó a él. Y él no supo que hacer. Negó con la cabeza, contrariado. Pensar en cómo conoció a Hanako confundía completamente al vampiro. No sabía qué pensar de todo aquello, y tampoco sabía, a día de hoy, qué debía sentir ni que sentía, a respecto. Ni siquiera después de lo que acaba de vivir, esta segunda vez, con Hanako. Fuera como fuese, Hanako se marchó, y a partir de ese momento pasó a convertirse en otra operación más del demonio.
En ese momento se le aproximó la bruja y, con delicadeza, se sentó junto a él. Desde que se marchó el cocodrilo, la bruja no apartaba uno de sus dos ojos de la cocorota del vampiro. Era a la que menos afectaba lo ocurrido, pero se dijo a sí mismas que era la que mejor podía comprender lo que pasaba por esa cabeza.
- Hanako y yo estábamos bien - dijo el vampiro con rintintín, en vez de saludar.
- Es posible -afirmó la bruja, serena.
El palo se quebró en la mano del vampiro, que lo catapultó todo lo lejos que pudo, con rabia. La bruja y él nunca habían disfrutado de una relación cercana. Se ignoraban mutuamente. Tenían funciones parecidas, pero ella contaba con una amplia experiencia, lo que le había otorgado esa sabiduría que a él tanto le irritaba. El vampiro envidiaba a la bruja, y al mismo tiempo pensaba que, en realidad, eran completamente distintos. Y ahora se le acercaba con intención de aconsejarle. No iba a permitir semejante intromisión.
- Lo mío con Hanako no tiene nada que ver con lo que tú haces.
- Hacía.
- Sí, ya. La cuestión es que tú no puedes entenderlo. Ninguno de vosotros puede.
La bruja se quedó pensativa. Sintió una tristeza leve, lejana, que surgía de su interior. Miró al vampiro. Era tan inexperto. Pura sensualidad.
- ¿Por qué crees que es distinto?
El vampiro se revolvió, nervioso, sin saber qué responder.
- Ella...
- ¿Sí?
- Ella no me necesita, ella es como yo.
Se hizo el silencio. Ambos sabían que tal afirmación era más que cuestionable. Era evidente que el vampiro sabía demasiado poco de sí mismo como para poder saber algo acerca de la compleja naturaleza de Hanako. La bruja cambió de tercio.
- ¿No vas a leer eso? - señaló con la cabeza el diario que yacía, cerrado, sobre la arena, al lado del vampiro.
Este dibujó en su rostro una mueca de disgusto. Cuando Hanako le entregó aquel diario, él lo empezó a leer, con gran curiosidad. Pero lo que descubrió en él le abrumó, y abandonó la lectura.
- Eso no es de ella - dijo, enfadado.
- Yo creo que sí.
La bruja había estudiado el corazón de cada uno de sus casos, desde el segundo uno, una vez el cocodrilo la invocaba pues se requería de sus artes.
- Hanako no tiene corazón - dijo el vampiro, con fascinación, leyéndole el pensamiento.
- Claro que lo tiene.
- Pues yo no lo tengo.
- Tú la quieres.
- Ella es fuerte.
- No lo es.
El vampiro suspiró, impaciente. La bruja se había vuelto tan sentimental. Todos ellos. Habían perdido el vigor, y su propósito.
- Yo no acabaré como tú - espetó el vampiro, en tono amenazante.
- No se trata de ti - sentenció la bruja, al fin seria.
Se sostuvieron la mirada con firmeza.
Entonces oyeron voces, en el cielo, e inmediatamente miraron hacia arriba y guardaron silencio. Eran Ellos. Reían. El vampiro y la bruja intercambiaron una breve mirada cómplice. Pero al cabo de unos segundos el rostro del vampiro se ensombreció.
- Ya no son tan niños - observó, agachando la cabeza, abatido.
- Así es - respondió la bruja, alegremente, sin dejar de mirar hacia arriba.
El vampiro observó de soslayo a la bruja, intrigado. Luego tomó el diario de Hanako, se puso en pie y se alejó. La bruja se quedó donde estaba, escuchando, sin dejar de sonreír. Sentía su propio corazón palpitar anhelante.