La hoguera
El demonio encendió una llama púrpura, que se quedó flotando a la altura de sus rodillas.
- Hablemos de Hanako - propuso.
El vampiro, que estaba sentado con las piernas cruzadas y el diario cerrado entre ellas, llevaba horas con la barbilla apoyada en el dorso de la mano y la mirada perdida, apartado del resto. Se irguió, sorprendido, mirando al demonio. Este asintió. Clavando los talones en la arena y arrastrando el culo, el vampiro se incorporó al círculo de hermanos.
Se le quedaron mirando. Él los miró uno a uno, nervioso. No recordaba que hubieran hecho algo así antes. Se aclaró la garganta y anunció, emocionado:
- Hanako es ardiente. Vibrante. Y por eso...
- Suficiente por ahora - le interrumpió el demonio, dejándole con la palabra en la boca, y miró a la bruja.
Esta se encogió de hombros, sonriendo.
- Algo pensarás sobre ella - insistió el demonio.
- Que no es lo que parece - admitió la bruja, poniéndose colorada.
El demonio, el fantasma y ella misma rompieron a reír. El vampiro sonrió de medio lado, fastidiado. Hasta el fantasma se había reído. Todo aquello era muy extraño, absurdo. ¿Qué sabían ellos de Hanako?
Entonces el demonio miró al fantasma. El fantasma le devolvió la mirada, pensativo. Tenían una relación compleja.
- Es espiritual, pero distinta a mí - dijo, y siguió pensando.
- ¿Y TÚ qué piensas sobre ella? - preguntó entonces el vampiro al demonio, dirigiéndose directamente a él, con tono acusatorio.
El demonio, que estaba al otro lado del fuego transparente, le observó fijamente. El demonio había estado al mando durante unos años. Y cuando pasó al segundo plano, siguió gobernando desde la sombra. Cuando el cocodrilo dejó de matar, el demonio se encargó del trabajo sucio, y resultaba evidente que al cocodrilo le desagradaba profundamente lo que el demonio hacía, contra otros y contra Ella. Pero si estaba allí y hacía lo que hacía sería por alguna razón importante, todos los sabían. De un tiempo a esta parte, el demonio se había ausentado durante temporadas cada vez más largas, y siempre, antes de irse, el cocodrilo y él habían mantenido una larga conversación, hablando en susurros. "Seguramente el cocodrilo tuvo que huir de él, tras salir en mi defensa" - se le ocurrió de repente al vampiro. Doblemente indignado, clavó sus ojos brillantes en la turbia mirada del demonio, que le observaba expectante.
- Hanako es temible - dijo el demonio, retándole.
- Tú SIEMPRE has sido COBARDE - masculló el vampiro, percatándose que imitaba la manera en la que el demonio hablaba. Entonces descubrió admiración en sus ojos, lo que le desconcertó profundamente.
- No es cobardía - medió la bruja.
- ¡¿Y qué es?! - preguntó el vampiro con desesperación. Empezaba a pensar que estaba volviéndose loco. Nunca se había sentido tan poderoso ni tan débil. Ahora que por fin no les necesitaba, ellos se empeñaban en prestarle atención.
- Responsabilidad - dijo el fantasma.
El rostro del vampiro se destensó. La voz de su hermano siempre le calmaba. Buscó ansiosamente en los ojos vacíos.
- ¿Por qué me hacéis esto? - le preguntó a él. En su voz ya no había despecho ni soberbia, sólo confusión y desamparo.
- El cocodrilo quiere que todos aprendamos, incluido él mismo - le explicó el fantasma.
- Incluso yo debo aprender de esto - dijo la bruja.
- ¡QUÉ ES HANAKO! - bramó entonces el demonio.
Cómo si una corriente eléctrica le sacudiera, el vampiro se puso todo tieso. Y con una voz clara y un tono impersonal, recitó:
- Si cumplo con mi propósito, Ella podrá ser libre. Para eso existo. No para mi placer, ni para el de Hanako.
- Hanako también tiene un propósito, y puede que sea de una naturaleza totalmente distinta a las nuestras - informó el fantasma.
- Es un asunto peliagudo - apreció la bruja, que nunca se vió a sí misma en semejante tesitura, pese a haber vivido toda clase de aventuras complejas y delicadas.
- Descubriremos cómo abordarlo - dijo el demonio, mirando a sus hermanos - Pero antes debemos seguir hablando entre nosotros. A partir de ahora, trabajaremos juntos.
El vampiro, que acababa de volver en sí cuando oyó al demonio decir eso, abrió mucho los ojos. Sus labios se despegaron. Sus dedos aferraron con fuerza los bordes del diario. Instintivamente lo apretó contra su estómago, abrazándolo.