El cínico

No sé cuántas almas tengo... No sé cuántas almas tengo. A cada instante cambié. Continuamente me extraño. Nunca me vi ni me hallé. De tanto ser solo tengo el alma. Quien tiene alma no tiene calma. El que ve es solo es lo que ve, quien siente ya no es quien es. Atento a lo que soy y veo, ellos me vuelvo, no yo. Cada sueño o el deseo no es mío si allí nació. Yo soy mi propio paisaje, el que presencia su paisaje, diverso, móvil y solo, no sé sentirme yo donde estoy. Así, ajeno, voy leyendo, como páginas, mi ser, sin prever eso que sigue ni recordar el ayer. Anoto en lo que leí lo que creí que sentí. Releo y digo: "¿Fui yo?" Dios lo sabe, porque lo escribió. Poema en línea recta Nunca he conocido a nadie a quien le hubiesen molido a palos. Todos mis conocidos han sido campeones en todo. Y yo, tantas veces despreciable, tantas veces inmundo, tantas veces vil, yo, tantas veces irrefutablemente parásito, imperdonablemente sucio, yo, que tantas veces no he tenido paciencia para bañarme, yo, que tantas veces he sido ridículo, absurdo, que he tropezado públicamente en las alfombras de las ceremonias, que he sido grotesco, mezquino, sumiso y arrogante, que he sufrido ofensas y me he callado, que cuando no me he callado, he sido más ridículo todavía; yo, que les he parecido cómico a las camareras de hotel, yo, que he advertido guiños entre los mozos de carga, yo, que he hecho canalladas financieras y he pedido prestado sin pagar, yo, que, a la hora de las bofetadas, me agaché fuera del alcance las bofetadas; yo, que he sufrido la angustia de las pequeñas cosas ridículas, me doy cuenta de que no tengo par en esto en todo el mundo. Toda la gente que conozco y que habla conmigo nunca hizo nada ridículo, nunca sufrió una afrenta, nunca fue sino príncipe - todos ellos príncipes - en la vida... ¡Ojalá pudiese oír la voz humana de alguien que confesara no un pecado, sino una infamia; que contara, no una violencia, sino una cobardía! No, son todos el Ideal, si los oigo y me hablan. ¿Quién hay en este ancho mundo que me confiese que ha sido vil alguna vez? ¡Oh príncipes, hermanos míos, ¡Leches, estoy harto de semidioses! ¿Dónde hay gente en el mundo? ¿Seré yo el único ser vil y equivocado de la tierra? Podrán no haberles amado las mujeres, pueden haber sido traicionados; pero ridículos, ¡nunca! Y yo, que he sido ridículo sin que me hayan traicionado, ¿cómo voy a hablar con esos superiores míos sin titubear? Yo, que he sido vil, literalmente vil, vil en el sentido mezquino e infame de la vileza. Lisboa revisitada No: no quiero nada. Ya dije que no quiero nada. ¡No me vengan con conclusiones! La única conclusión es morir. ¡No me vengan con estéticas! ¡No me hablen de moral! ¡Aparten de aquí la metafísica! No me pregonen sistemas completos, no me alineen conquistas De las ciencias (¡de las ciencias, Dios mío, de las ciencias!)— ¡De las ciencias, de las artes, de la civilización moderna! ¿Qué mal hice a todos los dioses? ¡Si poseen la verdad, guárdensela! Soy un técnico, pero tengo técnica sólo dentro de la técnica. Fuera de eso soy loco, con todo el derecho a serlo. Con todo el derecho a serlo, ¿oyeron? ¡No me fastidien, por amor de Dios! ¿Me querían casado, fútil, cotidiano y tributable? ¿Me querían lo contrario de esto, lo contrario de cualquier cosa? Si yo fuese otra persona, les daría a todos gusto. ¡Así, como soy, tengan paciencia! ¡Váyanse al diablo sin mí, O déjenme que me vaya al diablo solo! ¿Para qué hemos de ir juntos? ¡No me toquen en el brazo! No me gusta que me toquen en el brazo. Quiero estar solo, ¡Ya dije que soy un solitario! ¡Ah, que fastidio querer que sea de la compañía! Oh cielo azul —el mismo de mi infancia—, ¡Eterna verdad vacía y perfecta! ¡Oh suave Tajo ancestral y mudo, Pequeña verdad donde el cielo se refleja! ¡Oh amargura revisitada, Lisboa de antaño de hoy! ¡Nada me das, nada me quitas, nada eres que yo me sienta! ¡Déjenme en Paz! No tardo, yo nunca tardo… ¡Y mientras tarda el Abismo y el Silencio quiero estar solo! Oda triunfal A la dolorosa luz de las grandes lámparas eléctricas de la fábrica, Tengo fiebre y escribo. Escribo rechinando los dientes, fiera para esta belleza, Esta belleza totalmente desconocida por los antiguos. ¡Oh ruedas, oh engranajes, r-r-r-r-r-r eterno! ¡Fuerte espasmo retenido de los mecanismos en furia! En furia fuera y dentro de mí, Por todos mis nervios disecados, ¡Por todas las papilas fuera de todo lo que siento! Tengo los labios secos, oh grandes ruidos modernos, De oírlos demasiado cerca, Y me arde la cabeza de quererles cantar con un exceso De expresión de todas mis sensaciones, ¡Con un exceso contemporáneo de ustedes, oh máquinas! En fiebre y mirando los motores como una Naturaleza tropical -Grandes trópicos humanos de fierro y fuego y fuerza- Canto, y canto el presente, y también el pasado y el futuro, Porque el presente es todo el pasado y todo el futuro Y hay Platón y Virgilio dentro de las máquinas y de las luces eléctricas Sólo porque existieron y fueron humanos Virgilio y Platón, Y pedazos de Alejandro Magno tal vez del siglo cincuenta, Atómos que han de tener fiebre en el cerebro de Esquilo del siglo cien, Andan por estas correas de transmisión y por estos émbolos y por estos volantes, Rugiendo, rechinando, siseando, estrujando, ferreando, Haciéndome un exceso de caricias al cuerpo en una sola caricia al alma. ¡Ah, poder expresarme todo como se expresa un motor! ¡Ser completo como una máquina! ¡Poder ir por la vida triunfante como un automóvil último modelo! ¡Poder al menos penetrarme físicamente de todo esto, Rasgarme todo, abrirme completamente, volverme poroso A todos los perfumes de aceites y calores y carbones De esta flora estupenda, negra, artificial e insaciable! ¡Fraternidad con todas las dinámicas! ¡Promiscua furia de ser parte-agente Del rodar férreo y cosmopolita De los trenes poderosos, De la faena transportadora-de-cargas de los navíos, Del giro lúbrico y lento de las grúas, Del tumulto disciplinado de las fábricas, Y del cuasi-silencio siseante y monótono de las correas de transmisión! Noticias passez à-la-caisse, grandes crímenes- A dos columnas, pase a la segunda página! ¡El olor fresco a tinta de imprenta! ¡Los carteles puestos hace poco, mojados! ¡Vients-de-paraitre amarillos como una cinta blanca! ¡Cómo los amo a todos, a todos, a todos, Cómo los amo de todas las maneras, Con los ojos y con los oídos y con el olfato Y con el tacto (¡Lo que representa palparlos para mí!) ¡Y con la inteligencia que hacen vibrar como una antena! ¡Ah, tienen celos de ustedes todos mis sentidos! ¡Abonos, trilladoras de vapor, progresos de la agricultura! ¡Química agrícola, y el comercio casi una ciencia! ¡Masoquismo a través de maquinismos! ¡Sadismo de no se qué moderno y yo y barullo! Up-la ho jockey que ganaste el Derby, ¡Morder entre los dientes tu cap de dos colores! (¡Ser tan alto que no pudiera entrar por ninguna puerta! ¡Ah, mirar es en mí, una perversión sexual!) ¡Eh-la, eh-la, eh-la catedrales! ¡Dejen partirme la cabeza en sus esquinas, Y ser levantado de la calle lleno de sangre Sin que nadie sepa quién soy! ¡Oh tramways, funiculares, metropolitanos, Úntense en mí hasta el espasmo! ¡Hilla, hilla, hilla-ho! ¡Oh hierro, oh acero, oh aluminio, oh placas de hierro ondulado! ¡Oh muelles, oh puertos, oh trenes, oh, grúas, oh remolcadores! ¡Eh-lá grandes descarrilamientos de trenes! ¡Eh-lá derrumbes de galerías de minas! ¡Eh-lá naufragios deliciosos de los grandes transatlánticos! ¡Eh-lá-oh revolución, aquí, allá, acullá, Alteraciones de constituciones, guerras, tratados, invasiones, Ruido, injusticias, violencias, y tal vez pronto el fin, La gran invasión de los bárbaros amarillos por Europa, Y otro sol en el nuevo Horizonte! ¿Qué importa todo esto, pero qué importa todo esto Al fúlgido y rojo ruido contemporáneo, Al ruido cruel y delicioso de la civilización de hoy? Todo esto acalla todo, salvo el Momento, El Momento de tronco desnudo y caliente como un horno El Momento estridentemente ruidoso y mecánico, El Momento dinámico pasaje de todas las bacantes Del hierro y del bronce y de la borrachera de los metales. ¡Eia trenes, eia puentes, eia hoteles a la hora de la cena, Eia aparejos de todas las especies, férreos, brutos, mínimos, Instrumentos de precisión, aparejos de triturar, de cavar, Ingenios, brocas, máquinas rotativas! ¡Eia! ¡Eia! ¡Eia! ¡Eia electricidad, nervios enfermos de la Materia! ¡Eia telegrafía-sin-hilos, simpatía metálica del Inconsciente! ¡Eia toneles, eia canales, Panamá, Kiel, Suez! ¡Eia todo el pasado dentro del presente! ¡Eia todo el futuro ya dentro de nosotros! ¡Eia! ¡Eia! ¡Eia! ¡Eia! ¡Frutos de fierro y herramienta de árbol -fábrica cosmopolita! No sé qué existo hacia adentro. Giro, rodeo, me ingenio. Me enganchan en todos los trenes Me izan en todos los muelles. Giro dentro de todas las hélices de todos los navíos. ¡Eia! ¡Eia-ho eia! ¡Eia! ¡Soy el calor mecánico y la electricidad! ¡Eia! ¡Y los rails y las casas de máquinas y Europa! ¡Eia y hurra por mí y todo, máquinas a trabajar, eia! ¡Trepar con todo por encima de todo! ¡Hup-la! ¡Hup-la, hup-la, hup-la-ho, hup-la! ¡He-la! ¡He-ho h-o-o-o-o-o! ¡Z-z-z-z-z-z-z-z-z-z-z-z-z! ¡Ah, no ser yo toda la gente en todas partes! Presagio El amor, cuando se revela, no se sabe revelar. Sabe bien mirarla a ella, pero no le sabe hablar. Quien quiere decir lo que siente, no sabe qué va a declarar. Habla: parece que miente. Calla: parece olvidar. ¡Ah, mas si ella adivinase, si pudiese oír o mirar, y si un mirar le bastase para saber que amándola están! ¡Mas quien siente mucho, calla; quien quiere decir cuanto siente queda sin alma ni habla, queda sólo enteramente! Mas si esto contarle pudiere, lo que no me atrevo a contarle, ya no tuviere que hablarle porque hablándole estuviere... Aniversario En el tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños, yo era feliz y nadie había muerto. En la casa antigua, incluso mi cumpleaños era una tradición de siglos, y la alegría de todos, y la mía, estaba asegurada con una religión cualquiera. En el tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños, tenía yo la gran salud de no entender cosa alguna, de ser inteligente en medio de la familia, y de no tener las esperanzas que los demás tenían por mí. Cuando llegué a tener esperanzas ya no supe tener esperanzas. Cuando llegué a mirar la vida, perdí el sentido de la vida. Sí, lo que supuse que fui para mí, lo que fui de corazón y parentesco, lo que fui de atardeceres de media provincia, lo que fui de que me amaran y ser yo el niño. Lo que fui —¡Ay, Dios mío!—, lo que sólo hoy sé que fui… ¡Qué lejos!... (Ni lo encuentro…) ¡El tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños! Lo que hoy soy es como la humedad en el corredor al final de la casa, que mancha las paredes… lo que hoy soy (y la casa de quienes me amaron tiembla a través de mis lágrimas), lo que soy hoy es que hayan vendido la casa. Es que hayan muerto todos, es que haya sobrevivido yo a mí mismo como un fósforo frío… En el tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños… ¡Qué amor mío, como una persona, ese tiempo! Deseo físico del alma de encontrarse allí otra vez, por un viaje metafísico y carnal, con una dualidad de mí para mí… ¡Comer el pasado como a pan con hambre, sin tiempo para mantequilla en los dientes! Veo todo de nuevo con una nitidez que me ciega para cuanto hay aquí… La mesa dispuesta con más lugares, con mejores dibujos en la loza, con más copas, el aparador con muchas cosas —dulces, frutas, el resto en la sombra bajo lo elevado—, las tías viejas, los primos diferentes, y todo por causa mía, en el tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños… ¡Detente, corazón mío! ¡No pienses! ¡Deja el pensar en la cabeza! ¡Oh Dios mío, mi Dios, Dios mío! Ya hoy no cumplo años. Perduro. Se me suman días. Seré viejo cuando lo sea. Y nada más. ¡Rabia de no haberme traído el pasado robado en la mochila!... ¡El tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños! El guardador de rebaños I Yo nunca guardé rebaños Pero es como si los guardara. Mi alma es como un pastor, Conoce el viento y el sol Y anda de la mano de las Estaciones Siguiendo y mirando. Toda la paz de la Naturaleza sin gente Viene a sentarse a mi lado. Pero yo quedo triste como una puesta de sol Para nuestra imaginación, Cuando enfría el fondo del llano Y se siente la noche entrada Como una mariposa por la ventana. Pero mi tristeza es sosiego Porque es natural y justa Y es lo que debe estar en el alma Cuando ya piensa que existe Y las manos cogen flores sin que ella se entere. Como un ruido de cencerros Más allá de la curva del camino Mis pensamientos están contentos Sólo me da pena saber que ellos están contentos Porque, si no lo supiera, En vez de estar contentos y tristes, Estarían alegres y contentos. Pensar incomoda como andar en la lluvia Cuando el viento crece y parece que llueve más. No tengo ambiciones ni deseos. Ser poeta no es una ambición mía. Es mi manera de estar solo. (...) II Mi mirar es nítido como un girasol Tengo la costumbre de andar por los caminos Mirando a derecha y a izquierda, Y de vez en cuando para atrás… Y lo que veo a cada momento Es aquello que nunca antes había visto, Y me doy cuenta muy bien… Sé tener el pasmo esencial Que tiene un niño, si, al nacer, Repara de veras en su nacimiento… Me siento nacido a cada momento Para la eterna novedad del mundo… Creo en el mundo como en una margarita, Porque lo veo. Pero no pienso en él Porque pensar es no comprender… El mundo no se hizo para que lo pensáramos (Pensar es estar enfermo de los ojos) Sino para mirarnos en él y estar de acuerdo… No tengo filosofía: tengo sentidos… Si hablo de la Naturaleza no es porque sepa lo que ella es, Si no porque la amo, y la amo por eso, Porque quien ama nunca sabe lo que ama Ni sabe porque ama, ni lo que es amar… Amar es la inocencia eterna, Y la única inocencia es no pensar... III Al atardecer, recargado en la ventana, Y sabiendo de soslayo que hay campos enfrente, Leo hasta que me arden los ojos El Libro de Cesario Verde. Que pena tengo de él. Era un campesino Que andaba preso en libertad por la ciudad. Pero el modo conque miraba las casas, Y el modo como observaba las calles, Y la manera como se interesaba por las cosas, Es la de quien mira los árboles Y de quien baja los ojos por la calle adonde va Y anda observando las flores que hay por los campos… Por eso tenía aquella gran tristeza que nunca dice bien que tenía Pero andaba en la ciudad como quien anda en el campo Y triste como disecar flores en los libros Y poner plantas en jarros… IV La tormenta cayó esta tarde Por las orillas del cielo Como un pedregal enorme… Como si alguien desde una ventana alta Sacudiera un gran mantel, Y las migajas todas juntas Hicieran un barullo al caer, La lluvia llovía del cielo Y ennegreció los caminos… Cuando los relámpagos sacudían el aire Y abanicaban el espacio Como una gran cabeza que dice que no, No sé por qué —no tenía miedo— Me puse a rezar a Santa Bárbara Como si fuera yo la vieja tía de alguien… ¡Ah! es que rezando a Santa Bárbara Yo me sentía aún más simple De lo que creo ser… Me sentía familiar y casero V Hay metafísica bastante en no pensar en nada. ¿Qué pienso yo del mundo? ¡Qué sé yo lo que pienso del mundo! Si me enfermara pensaría en eso. ¿Qué idea tengo yo de las cosas? ¿Qué opinión tengo sobre las causas y los efectos? ¿Qué es lo que he meditado sobre Dios y el alma Y sobre la creación del Mundo? No sé. Para mí pensar en eso es cerrar los ojos Y no pensar. Es correr las cortinas De mi ventana (pero no tiene cortinas). (...) Pero si Dios es los árboles y las flores Y los montes y el rayo de luna y el sol, ¿Para qué le llamo Dios? Le llamo flores y árboles y montes y sol y rayo de luna; Porque si Él se hizo, para que yo lo vea, Sol y rayo de luna y flores y árboles y montes, Si Él se me aparece como árboles y montes Y rayo de luna y sol y flores, Es que Él quiere que yo lo conozca como árboles y montes y flores y rayo de luna y sol. Y por eso yo lo obedezco (¿Qué más sé yo de Dios, que Dios de sí mismo?), Le obedezco viviendo, espontáneamente, Como quien abre los ojos y ve, Y le llamo rayo de luna y sol y flores y árboles y montes, Y lo amo sin pensar en Él Y lo pienso viendo y oyendo, Y ando con Él a toda hora. Autopsicografía El poeta es un fingidor. Finge tan completamente que hasta finge que es dolor el dolor que de veras siente. Y quienes leen lo que escribe, sienten, en el dolor leído, no los dos que el poeta vive sino aquél que no han tenido. Y así va por su camino, distrayendo a la razón, ese tren sin real destino que se llama corazón. Esto Dicen que finjo o miento en todo cuanto escribo. No. Yo simplemente siento con la imaginación. No uso el corazón. Lo que sueño y lo que me pasa, lo que me falta o finaliza es como una terraza que da a otra cosa todavía. Esa cosa sí que es linda. Por eso escribo en medio de lo que no está en pie, libre ya desde mi atadura, serio de lo que no lo es. ¿Sentir? ¡Sienta quien lee! Tabaquería No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo. Ventanas de mi cuarto, cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe quién son (y si lo supiesen, ¿qué sabrían?) Ventanas que dan al misterio de una calle cruzada constantemente por la gente, calle inaccesible a todos los pensamientos, real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta, con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres, con el de la muerte que traza manchas húmedas en las paredes, con el del destino que conduce al carro de todo por la calle de nada. Hoy estoy convencido como si supiese la verdad, lúcido como su estuviese por morir y no tuviese más hermandad con las cosas que la de una despedida, y la hilera de trenes de un convoy desfila frente a mí y hay un largo silbido dentro de mi cráneo y hay una sacudida en mis nervios y crujen mis huesos en la arrancada. Hoy estoy perplejo, como quien pensó y encontró y olvidó, hoy estoy dividido entre la lealtad que debo a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera, y la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro. Fallé en todo. He abrazado en mi pecho hipotético más humanidades que Cristo, he pensado en secreto más filosofías que las escritas por ningún Kant. Pero soy y seré siempre el de la buhardilla, aunque no viva en ella. Seré siempre el que no nació para eso. Seré siempre sólo el que tenía algunas cualidades, seré siempre el que aguardó que le abrieran la puerta frente a un muro que no tenía puerta, el que cantó el cántico del Infinito en un gallinero, el que oyó la voz de Dios en un pozo cegado. ¿Creer en mí? Ni en mí ni en nada. Derrame la naturaleza su sol y su lluvia sobre mi ardiente cabeza y que su viento me despeine y después que venga lo que viniere o tiene que venir o no ha de venir. Esclavos cardíacos de las estrellas, conquistamos al mundo antes de levantarnos de la cama; nos despertamos y se vuelve opaco; salimos a la calle y se vuelve ajeno, es la tierra y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido. El Dueño de la Tabaquería aparece en la puerta y se instala contra la puerta. Con la incomodidad del que tiene el cuello torcido, con la incomodidad de un alma torcida, lo veo. El morirá y yo moriré. El dejará su rótulo y yo dejaré mis versos. En un momento dado morirá el rótulo y morirán mis versos. Después, en otro momento, morirán la calle donde estaba pintado el rótulo y el idioma en que fueron escritos los versos. Después morirá el planeta gigante donde pasó todo esto. En otros planetas de otros sistemas algo parecido a la gente continuará haciendo cosas parecidas a versos, parecidas a vivir bajo un rótulo de tienda, siempre una cosa frente a otra cosa, siempre una cosa tan inútil como la otra, siempre lo imposible tan estúpido como lo real, siempre el misterio del fondo tan cierto como el misterio de la superficie, siempre ésta o aquella cosa o ni una cosa ni la otra. (Si me casase con la hija de la lavandera quizá sería feliz). Visto esto, me levanto. Me acerco a la ventana. El hombre sale de la Tabaquería (¿guarda el cambio en la bolsa del pantalón?), ah, lo conozco, es Estevez, que ignora la metafísica. (El Dueño de la Tabaquería aparece en la puerta). Movido por un instinto adivinatorio, Estevez se vuelve y me reconoce; me saluda con la mano y yo le grito ¡Adiós, Estevez! y el universo se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza y el Dueño de la tabaquería sonríe. Fernando Pessoa