Alada
Cuando somos niños tratan de podarnos a todos por igual, al mismo tiempo que apelan a nuestra imaginación e inocencia para que busquemos el tesoro pirata oculto. Mis padres tenían tijeras grandes y afiladas. Pero me llevaron a ver, me dejaron escuchar, el otro lado. Pero una vez acababa el juego o el espectáculo, rápidamente olvidaban lo que había sucedido. Era algo ficticio, que debía quedar fuera. Lo rutinario, lo correcto, era la represión.
Pero yo siempre encontraba magia en alguna parte. Porque la magia asomaba la nariz por doquier. Mientras sonaba una canción o avanzaba la película, mientras jugaba en la calle con mis amigos, sin la supervisión de un adulto,
existía un margen, un margen para la libertad. Parece ser que cuando me llevaban al borde del acantilado de la realidad, pretendeían que aquello no me impresionase demasiado, que volviera a casa siendo la misma. Para ellos sólo consistía en entregarse un rato a una entretenida fantasía. Pero no era una fantasía. Fantasía era pretender que no era posible aprender de aquello para incorporarlo a la realidad.
Como un bonsai, debían podarme, moldearme, y luego yo debía haber continuado con esta tarea, para llegar a ser un árbol en miniatura, intrincado y armónico al mismo tiempo. Algo que recordase a un árbol, sin serlo. He notado que las personas más apreciadas son, por lo general, aquellas en las que más se nota el condicionamiento, ajeno y propio. Este denota intencionalidad y parece ser que eso es lo que cuenta.
Cuanto más trataban de podar mis hojas y manipular mi tronco y mis ramas, más me empeñaba yo en rebelarme. Buscaba cada resquicio de libertad para acurrucarme en él. El mundo esquematizado era ancho y lleno de posibilidades, pero yo prefería esos rincones donde gobernaba el azar.
Almacené aquellas sensaciones prodigiosas en mi interior como un cactus almacena agua en el desierto. Concebían la imaginación y la emotividad como un premio, una recompensa, a comportarse debidamente. Nunca me interesó comportarme debidamente, y no necesitaba ganarme la libertad, pues esta se hallaba a mi alcance, sólo tenía que buscarla allá donde estuviera ocultándose. Y la encontraba. Lo que en teoría debía desarrollarme, me debilitaba.
Lo que en teoría era perjudicial, me animaba. Las constantes críticas, además de confusas, resultaban absurdas. La lógica que me rodeaba, intentando constreñirme, era torticera, y yo me escabullía por sus agujeros.
Fuí un árbol alto y salvaje. Pero finalmente consiguieron convencerme de que estaba enferma. Que mi destino era desdichado. Que vivía presa. Y comencé a podarme al cero.
Me gusta hablar con desconocidos. ¿Por qué? Bueno, pues porque... porque cuando ya conoces a alguien, es más difícil conocerle. Pongamos que un día acabas charlando por primera vez con cierto compañero del trabajo y se genera cierta sintonía. El cerebro, al instante, empieza a hacer de las suyas. ¿Esta persona merece que le cuente algún detalle personal? ¿Vale la pena escuchar detalles privados de la vida de esta persona? ¿Debería caerme simpático? ¿Debería importarme? ¿Está a la altura? ¿Puedo confiar en él? ¿Qué va a esperar de mí? ¿Hasta dónde debería acercarme y cuánto debo dejar que se me acerque? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Qué beneficio puedo obtener de esta relación? Queremos hacernos, rápidamente, una idea de lo qué es, etiquetarlo y empaquetarlo, para poder manejarlo cómodamente, ya sea cerca o lejos de nosotros. Nuestras barreras se activan automáticamente y no dejamos de juzgar todo lo que hace, no hace, dice y no dice, y lo hacemos en relación a nosotros mismos. Nosotros somos la referencia, por más inseguros que seamos; quizá aún más si lo somos. La tasación es constante. No podemos evitar decepcionarnos, ofendernos, desconcertarnos, asustarnos, irritarnos, ante el otro. Sentirnos superiores o inferiores a él. La forma de evitarlo es idealizándole, proyectando en él lo que queremos ver y escuchar. Esto termina, antes o después, en el extremo opuesto, la devaluación. El algunos casos la devaluación se puede superar, sobre todo volviendo si volvemos a idealizar. Las relaciones que logran transcender este partido de ping pong son las menos. Hace falta mucha voluntad para llegar más allá. Y aún así seguiremos idealizando y devaluando a esa persona a diario, a menor escala, en pequeños detalles hasta irrisorios. Nuestro cerebro se resiste a ceder el control, a abandonar el trono. El amor y la amistad que arraigan, que se quedan, están sembrados de odios diminutos que hay que ir sorteando, porque vale la pena.
Con los desconocidos todo es mucho más fácil. El encuentro se da en el instante presente, el pasado y el futuro quedan fuera de la ecuación. No importa caer en gracia o hacer el ridículo. Yo trato de aprovechar y explotar esa oportunidad. A menudo el diálogo se ha iniciado por mera formalidad. O ha sucedido algo externo que mi interlocutor desea comentar. Rápidamente su cerebro desea demostrarse a si mismo cuánto sábe. Yo soy un mero canal.
Me apunto al ritual de las opiniones, para romper el hielo. Realizo un sondeo y pronto sé por dónde tirar. Es la parte más ingrata, pues debo fingir como una bellaca, escogiendo mis palabras de lo que he leído u oído en alguna parte, haciendo que parezca que que son conclusiones a las que he llegado mediante observación directa, que se basan en mi propia experiencia. En realidad él hace lo mismo pero inconscientemente.
No creo nada de lo que digo, por más convincente que sea. Me meto de pleno en el papel para empujar a mi interlocutor a hacer lo propio. Me da exáctamente igual lo que opine. Consigo que crea haber dado con un igual y observo como se congratula por tener la razón. Y cuando ya ha bajado del todo la barrera, comienzo, sutilmente, a colar en mi discurso, que sigue siendo razonable y a su gusto, pequeñas incoherencias, leves contraddiciones imposibles de pasar por alto, simulando no ser consciente de la disonancia que generan.
La idea es que mi interlocutor se vea impelido a corregir a esta chica simpática, pasional y un poco turuleta. Para ello se ve obligado a echar mano de toda su artillería lógica. Insisto, con énfasis, en llevarles la contraria de un modo cada vez más evidente. Hago que les sea muy difícil quitarme toda la razón. Y así, debatiendo, es como se distraen y se internan, sin darse cuenta, en mi trampa. Una vez están en posición, la puerta se cierra a sus espaldas. Y entonces les lanzo una pregunta a todas luces personal, que no viene al caso. Una pregunta formulada con un tono, e inflexión, súbita e indudablemente íntimos.
Si habíamos estado tratándonos de usted, ahora le tuteo. En todos los casos, hay un instante de vacilación por parte del desconocido, que se queda descolocado. He abandonado mi papel y no muestro la menor intención de volver a él. Pero no pretendo despellejarle ni devorarle, si no sólo observarle de cerca, y tocarle sin tocarle.
En realidad sólo permanecen encerrados un instante, cuando me quito la máscara. Luego mi jaula vuelve a abrirse y son libres volverse a la suya. Pero la mayoría se quedan un rato. Incluso si han adivinado el engaño previo. Porque se dan cuenta de que son el centro de mi interés. Les otorgo la oportunidad de despojarse de su máscara. No me interesan las teorías a las que sea asiduo. No me interesa la estadística que haya conocido. Ninguna puede representarle a él.
Eso es lo que a mí me interesa del ser humano. Y por eso me aproximo a él de uno en uno. No me convencen las descripciones en tercera persona. No me interesa englobarles en colectivos. Los únicos colectivos de los que forman parte son sus conocidos y allegados. Para qué voy a comparar esto con esto si realmente no sé qué es esto y qué es esto otro. Imposible saberlo desde fuera. Me diréis, se puede analizar,
y de ahí comparar, y de ahí deducir, y de ahí inferir, y de ahí extrapolar, y de ahí concluir. Y yo insitiré: ¿Y de qué me serviría? Prefiero no hacerlo. Que se encarguen otros de eso.
Yo prefiero seguir dejando que mis apasionantes conocidos y desconocidos me sorprendan. Que echen por tierra mis intuiciones. Realmente quiero dedicar el resto de mi vida a eso. Es en eso que quiero invertir mi tiempo, mi energía, mi inteligencia. Ahora que por fin puedo. Ahora que por fin he bajado la barrera.
Cuando uno baja la barrera, el que está en frente también lo hace. Unos más, otros menos. Unos quieren dar detalles, contar, rememorar, reflexionar, cuestionarse. Todos tenemos ciertas sensaciones que siempre vuelven, y alguna que sólo experimentamos una vez y fingimos haber olvidado, pero no, no... Hay cosas que nunca se olvidan. Algunos confiesan algo, de enorme importancia, como de pasada, y vuelven a cerrar la puerta; no quieren salir ni dejarme entrar. Da igual, un mínimo destello de autenticidad es suficiente para iluminarles, y mi vida se ilumina al presenciarlo. Cuando un individuo es genuino es único, y siempre sorprende. Se sorprende a sí mismo.
Si todo lo que me cuenta es alegre, le pregunto por algo triste o atemorizante. Si sus recuerdos o pensamientos son oscuros, le pregunto por una anécdota divertida o una esperanza. No dejo de desaprender. Me produce vértigo y, a la vez, es como si sólo en esos momentos el velo que cubre la realidad se apartara. Fuera de los rincones de la libertad, todo me parece impostado y postizo. Nada me fascina más que un alma que se desnude un poco ante mí. Y a cambio yo me desnudo un poco ante ella. Cuando lo hago, se me hace tan raro. Es como si me viera desde fuera. Sí, es raro. Tan humano...
Y por eso he decidido no volver. Renuncio a la cordura. Nunca debí intentar ser cuerda. Sólo me proporcionó desgracia. Podéis pensar que estoy enferma, que estoy presa, y compadeceros de mí. Por qué arrastrarme, por qué trepar, si tengo alas. Si algún día queréis volar, sólo tenéis que coger mi mano.
Solo deja de llorar, es es un signo de los tiempos
Bienvenido al espectáculo final
Espero que estés usando tu mejor atuendo
No puedes sobornar a la puerta en tu camino al cielo
Te ves muy bien ahí abajo
Pero no estás realmente bien
Nunca aprendemos, ya hemos estado aquí antes
¿Por qué estamos siempre atrapados y huyendo de
las balas?
Las balas
Nunca aprendemos, ya hemos estado aquí antes
¿Por qué estamos siempre atrapados y huyendo de
sus balas?
Sus balas.
Solo deja de llorar, es un signo de los tiempos
Tenemos que alejarnos de aquí
Tenemos que alejarnos de aquí
Solo deja de llorar, todo estará bien
Me dijeron que el final está cerca
Tenemos que escapar de aquí
Solo deja de llorar, disfruta tu vida
Cruzando la atmósfera
Y las cosas se ven muy bien desde aquí de arriba
Recuerda que todo estará bien
Nos podemos encontrar otra vez en algún lugar
En algún lugar lejos de aquí
Solo deja de llorar, mi amor, todo estará bien
Me dijeron que el final está cerca
Tenemos que huir
Tenemos que huir
No hablamos lo suficiente
Deberíamos ser honestos
Antes de que todo sea demasiado